
Mario Albera.
El domingo llevé a mi hija a la calesita. En el camino, nos detuvimos unos instantes a presenciar unos payasos en la plaza de barrio General Paz Juniors, sobre avenida 24 de Setiembre y Félix Frías. “Nos entretenemos un ratito acá y después vamos por el caballo verde de la calesita que tanto le gusta a mi hija", pensél.
Estacioné, y salimos en su búsqueda. Pero ingrata fue la sorpresa cuando a metros del objetivo, advertí que estos payasos que habían motivado un intervalo en nuestra salida, no eran esos personajes simpáticos que vinieron a la vida a entretener a chicos y grandes con sus morisquetas, sus destrezas, sus canciones, coloreadas de ternura.
Apenas los tuve enfrente, me sobrevino cierta desazón, al ver a una de las payasas pedirle a los pocos niños reunidos a su alrededor que hagan una oración de agradecimiento al señor Jesucristo. Detrás habían dos camionetas cuatro por cuatro, últmo modelo, propagando el audio a través de unos potentes parlantes y unos señores enfundados en remeras y gorritos con una leyenda que decía: “Jesús te ama”.
Eso no me pareció tan malo; a fin de cuentas, mi hija estaba contenta y se la veía reconcentrada en esos rostros maquillados y vestidos con ropa multicolor, cuyos movimientos desincronizados y simpatía impostada, develaban que de payasos no tenían nada.
Pero la cosa se agravó. Cuando la contagiosa música se apagó y la mujer que llevaba la batuta tomó el micrófono para dar testimonio de su vida, dije hacia mis adentro "sonamos". La tipa se puso a contar que había sido una mujer desdichada cuyos médicos le habían dicho que no podía tener hijo, hasta que vio la luz del Señor, se entregó a él y éste le abrió la matriz. “Y gracias a él y no a la medicina, tuve a estas tres hermosuras”, dijo, y exhibió a las criaturas que estaban vestidas de payaso.
Luego contó que le tocó un marido salidor y golpeador, pero que todo cambió cuando conoció a nuestro Señor Jesucristo. “Quiero que lo conozcan y vean el cambio”, dijo, y apareció un señor de bigotes, pantalones pescadores, con pinta de canchero, que empezó a hacer toda una perorata de lo mal padre que era hasta que se reconvirtió y siguió el camino de la luz, se libró de los pecados (como "salir de noche, acudir a festivales, tomar alcohol", según enumeró) y volvió a ser el hombre que era, “un verdadero hombre, padre de familia, y no como ahora que algunos están en duda, no saben lo que son, se entregan a la homosexualidad, o las mujeres al lebianismo, al pecado, cuando el hombre crió al hombre y a la mujer…”
Unos pibes que todos los domingos se reúnen en la plaza con sus skates, empezaron a silbar para repudiar el sermón que iba creciendo en intolerancia. La gente que paseaba por la plaza se reía nerviosamente, incrédula, mientras unos pocos niñitos que ingenuamente habían sido llevados por sus papis a ver los payasos, asistían sin entender a ese monólogo agresivo y gratuito esperando a que terminara para volver a ver a los payasos que habían llegado a la plaza.
En ese momento mantuve un tire y afloje con mi hija de dos años y medio:
- Vamos Pilar, esto no me gusta. Son unos payasos truchos- le pedí a la criaturita de Dios, reconcentrada.
- A mí me gusta papá- me dijo secamente.
- Pero Pilar: son unos payasos malos. No son como Piñón Fijo, que a vos te gusta, que disfrutas cantando sus canciones. Estos payasos son mentirosos- intentaba convencerla. Reparen en la escena: un tipo de 37 cinchando con una ñiña que recién llega al mundo.
- A mí me gusta, papá. Yo me quedo, andáte vos- mandó.
Me quedé un ratito más, unos cinco minutos, y gracias a Dios se aburrió del energúmeno que sermoneaba, tras lo cual aceptó que la alzara y retomáramos nuestro viaje hacia la calesita.
A esa altura había montado en cólera al ver a estos personajes usar a los niños como carnada para transmitir sus groseras creencias impunemente, con total deshonestidad hacia incautos como nosotros, mi hija y yo.
Llegamos a la calesita. Saqué unos boletos, y después de unas cuatro o cinco vueltas, fuimos a comprar un helado. Pensé: llegó el mejor momento, descansamos, nos tomamos un heladito en la sombra y disfrutamos de la tarde. Pero en el preciso momento en que hundíamos las cucharitas en el pote, mi hija levanta el dedo índice y me dice:
- Escuchá papá, escuchá.
- ¿Qué cosa?- repongo, nervioso, mientras una pizca de granizado aterriza en el jean.
- Escuchá, los payasos otra vez.
Intenté hacerme el distraído: “No Pilar, es parecida la música, comé que está rico”. “No, yo quiero los payasos, no quiero helado”, empezó con el berrinche. “Ya te dije Pilar: esos payasos son malos, no dicen la verdad, no son como Piñón Fijo que quiere a los niños y no les dice mentiras”.
No sirvió de nada, a los dos minutos estaba nuevamente presenciando la truchada. Y la tipa, con esos anteojos de sky, que volvía a dar testimonio de lo desdichada que había sido su vida con un médico que le había dicho que no podría tener hijos y un marido golpeador y salidor.
Por suerte, duró sólo unos minutos. Y por suerte también, a medida que la gente advertía las intenciones de estos personajes, se alejaba. Apenas unos pocos niños resistían con sus papás esperando por esa “sorpresita” que estos cleptómanos del corazón y traficantes de fe disfrazados de payasos, les habían prometido para retenerlos.
2/11/10
Recomendar esta notaFelisitaciones: al autor de la presente. Dado que escudandose éstos personajes, en la fé sorprenden a incautos despojarlos de todo lo que pueden. Atención apadres y autoridades cuidense de etos sugetos.para
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