
Martín Menditto.
La ciudad de Córdoba es una patria futbolera dividida, mayormente, en dos banderas, la blanquiazul de Talleres y la celeste de Belgrano.
Cuando estos equipos se enfrentan, uno se entera aunque quiera pasar de indiferente a las circunstancias del partido. El relato de las radios es como la cortina sonora que acompaña la tarde a donde uno vaya: al kiosco, al híper, a la estación de servicios o a la panadería. En algunos lados, la radio es un susurro apenas audible; en otro, es un grito ensordecedor.
Cada uno sigue el partido como puede: el policía que custodia el hipermercado de tanto en tanto, casi de contrabando, acerca su oreja al auricular de la radio y escucha un poquito, como si fuera una pitada corta a un cigarrillo; el repositor pasa una, dos, tres veces con cualquier excusa, con una seña pregunta como va el partido; el policía haciendo dos grandes círculos con sus índices y sus pulgares le hace saber que el marcador sigue cerrado; y el obrero hace un gesto de resignación y sigue trabajando.
De pronto, la voz del relator estalla en un grito de gol; alguien sube la radio, la pone fuerte, muy fuerte para que inunde cada rincón del lugar, es gol de Belgrano. Al policía se le viene el mundo al suelo, hace una mueca de desconsuelo y se traga, áspera, una puteada de bronca que le vino hasta la garganta.
Cuatro hinchas de Talleres, que están sentados en el codón de la vereda acompañados por una cerveza transpirada, gritan a coro en perfecta coordinación “uhhhhhhhh”. Olave salva a Belgrano, los de Barrio Jardín se pierden el empate, los muchachos castigan sus palmas contra el piso mientras se dan ánimo: "ya va a venir, ya va a venir el gol”.
Apenas un instante después, iguala Talleres. En la estación de servicios el playero se distrae del surtidor, levanta con fuerza sus puños cerrados y un grito de gol le amanece en la voz. Desde la otra punta, un compañero suyo le hace un guiño cómplice mostrándole la camiseta de Talleres que lleva debajo del uniforme de trabajo verde y amarillo. En ese instante son socios por la alegría, que se les escapa del rostro en el dibujo de una sonrisa amplia, igual a la de quien acaba de saciar su celo.
El escenario es cualquier calle maquillada con los colores de la fiesta puestos en banderas, gorritos, camisetas. Los protagonistas son todos esos tipos, de cualquier clase social o religión, que presos de los nervios se han mordido las uñas hasta hacerse sangrar los dedos; han practicado cuernitos y cabalas extrañas; han caminado de aquí para allá en un imaginario pasillo, como lo hacen en los hospitales quienes esperan que su mujer de a luz.
Igual que en todos los grandes enfrentamientos, el clásico de Córdoba es eso que te involucra aunque no prendas la radio; es más, aunque seas de esos raros especímenes macho a los que no les gusta el fútbol, también te invade porque está en todas partes, antes, durante y después del partido. Estuvo la semana previa y seguirá estando la semana posterior con las cargadas, los reproches, el cobro de las apuestas y sobre todo, en los que pelarán la estadística más conveniente para reclamar paternidad sobre el rival de todos los tiempos.
Imagen de Soy Celeste.
19/10/08
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