
Ernesto Azúa (Funes, Santa Fe)
Vivíamos, al final de la década del 40, en la larga ciudad pueblo de Cruz del Eje que recostaba su edificación en ambas márgenes del río que discurría con la misma lentitud de las sosegadas siestas del estío cordobés.
Mi casa estaba en el sector sur: Cruz del Eje Sur (luego la estación ferroviaria se llamó Toco Toco en honor a un cacique indio que habitó el paraje). La zona era la de mayor prosapia histórica. Así lo revelaban los edificios levantados alrededor de la cuadriculada plaza 25 de Mayo, la Iglesia y casa parroquial, la Municipalidad y la Policía departamental en donde funcionaba también el juzgado de paz.
El bar donde se desarrolla nuestra historia se levantaba próximo a la estación que ya citamos. El dueño Don “Toribio Leguizamón” respondía al llamado de don “Toro”, apodo que para muchos era simplemente para acortarle el nombre y según otros, la mayoría - versión a la cual adhiero – provenía de la tenaz inclinación, por él jamás desmentida, que poseía por el teñido liquido que contenían las botellas que llevaban en su etiqueta impresa justamente la cabeza de ese noble animal.
Por otra parte sabíamos, y no de mentas, que también tenía un gran afecto por otra bebida, más de corte invernal, que curiosamente en su etiqueta también lleva impresa la imagen de otro animal en este caso caballos y que bien podría haber motivado que su apellido se acorte con el termino “Legui”.
Junto a él, trabajaba incansablemente una sobrina ahijada de aproximadamente 20 años. A esta “codiciada” mujer en el ambiente la denominaban “Kiosquito” por ser de contextura más bien pequeña pero tener todo “con la cantidad necesaria bien puesta y ordenada”.
Los parroquianos más conspicuos y acreditados eran varios pero ninguno como la pareja que formaban el sordo mudo Benítez y el “Tano Tornutto”. Fue justamente antes de comenzar una partida de truco (un cuarto) cuando el “Tano” se quejó en voz alta y gesticulando que en la mesa, como siempre, no había nada para tantear siendo que la noche anterior trajo un “lápiz de tinta” que ahora brillaba por su ausencia.
El sordo mudo Benítez – aún en su condición de tal – entendió el mensaje y salió en búsqueda del aludido elemento para escribir. Al llegar al mostrador del bar encontró a la “Kiosquito”. Este, aparte de mirarla muy particularmente, la señaló con el índice de su mano derecha que luego dirigió hacia su propia persona y posteriormente cerrando el puño y en actitud de sostener el polémico lápiz lo comenzó a mover en una suerte de vaivén o zigzagueo impartiéndole – quizás inconcientemente – un cierto matiz lascivo, pretendiendo explicar con gestos, que escribía y que, para ello, necesitaba de un lápiz.
La eternamente “acosada” y “sensibilizada” mujer interpretó en el simbólico gesto no lo que su interlocutor deseaba expresar, sino que para ella evidenciaba una grosera actitud de evidente contenido sexual. La intensa congestión en el sector más a “mano” y vulnerable del rostro de Benitez después de la soberana cachetada, fue súbita.
Este, más sorprendido que herido, y menos dolido que ofendido, fue en busca de su eterno protector: el “Gringo Tornutto”- osté se me queda tranquile Benite, que este se le arregle yo en tre patadas-, dijo – y resuelto se dirige hacia la cocina donde se encontraba ahora la mujer. Antes de entrar a reclamar en defensa de su protegido escuchó que ella en voz alta hacía mención del episodio diciendo: seguramente ahora vendrá el Gringo Tornutto a decir groserías y pavadas. Éste, debido a su comprensible ofuscación no interpretó debidamente, que en realidad, se hacía alusión a su apellido y no a un término de sonido similar pero de significado diferente.
El Gringo estaba “juntado” con una atractiva mujer mucho más joven que él a la cual celaba “justificadamente”. Muy ofendido y hasta algo agresivo entró al recinto e increpó con groseros términos a la apetecida mujer. Absolutamente perplejo quedó luego de recibir la segunda cachetada de la mañana.
Golpeado en su fuero íntimo más que en su cara fue en búsqueda de su defendido diciéndole con voz quebrada – aún a riesgo de no ser escuchado: “che Benite hoy se tenemo que quedare en el molde, perque osté y yo no pegamo una y a nosotro ya no pegaron do vese”.
Imagen: tomada de sergiomenasche.blogspot.com
27/03/09
Recomendar esta notaQue tiempos aquellos...quien no quisiera regresar a aquel tiempo!"ta-te-ti-suerte-pa-ra-mi-",todavia tenemos el niño que llevamos dentro sigue vivo! recuerda siempre,"el dia que no rias ...es un dia perdido"Felicitaciones,por esta postal!
Juan C. Olmos esa anécdota la vivencié siendo adolescente, pero comparto su opinión sobre la niñez le aseguro que la mía fue maravillosa siendo que mi padre, empleado ferroviario, no era rico ni hizo falta que lo fuese. Muchas gracias por las felicitaciones
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