Sosperiodista.Martes 15 de enero. A las cuatro de la tarde, con cuarenta grados de sensación térmica, el playón de la Plaza San Martín es lo más parecido a un horno. Todos los bancos descubiertos al sol, que miran a la Catedral y al Cabildo Histórico, están vacíos. Salvo uno, ocupado por una estoica joven, de piel blanquísima, que es la única que se le anima a los rayos. Se llama Patricia y es oriunda de Río Gallegos. Eligió la ciudad para veranear. Dice que se quedará hasta febrero.

Patricia luce gorrita, piercings, lentes oscuros, mochila, musculosa, bermudas de jeans, un cinto negro con tachas y unas Adidas al tono. Tiene una pose rockera y habla lo justo. “No pensé que hubiera tanta gente”, se lamenta. “Pero bueno…”
A metros de ahí, pero en la sombra y con la espalda encorvada, Celso López ensaya una siesta virtual, frente al monumento del Libertador. Al pie del banco-cama, están las bolsitas de maíz apiladas, listas para la venta, y un bolso con reserva. La siesta es un paréntesis hasta que el calor ceda y los niños vuelvan a la plaza a alimentar a las socias de Celso, las palomas. “Por suerte, cada vez hay más”, dice, y manotea una para enseñarme que es macho, porque tiene el pico largo.

Vende la bolsita a dos pesos (“Me compras una”, tira). Hace seis años que lo hace, pero acumula cuarenta vendiendo en la calle. “Vos estás hablando con un muerto”, lanza, y cuenta que hace poco se infartó y no se dio cuenta hasta que lo internaron. Dice que salió de vacaciones en noviembre pasado. Una semana en Villa María, adonde nació. Hacía cuarenta años que no iba.
“José Empanadas”, obviamente, vende empanadas. Va y viene por la plaza, con una enorme bandeja ofreciendo su producto. Que no es cualquiera: son empanadas tucumanas. Por algo, a las cinco de la tarde, lleva vendidas casi 20 docenas. El sabor parece neutralizar al calor. “¿Cuánto valen?”, interroga un chico. “Dos por un peso”. “¿Te va un cospel?”. “Claro, macho”, acepta José, que hasta recibe el Vale lo Nuestro, el ticket municipal para gente carenciada. “Los pobres son mis clientes”, dice, aunque confiesa que le vende a rotiserías y prepara para agasajos en ferias y eventos.
Dice que la gente le pide la receta y “yo se las doy, porque el secreto está en la preparación”. Detalla los ingredientes: “carne cortada a cuchillo, no picada; huevo duro; cebolla de verdeo, cebolla en cabeza rehogada para que cristalice; nada de pasas de uva y aceitunas; un poco de comino, pimentón, ají y sal”. Luego baja la voz: “El secreto del preparado es que cocino la cebolla con un poco de grasa, por eso salen más jugosas”. Sonríe, cómplice.

Gustavo Favalli y Maximiliano Valles venden planes de ahorro para auto. Por un momento, deben envidiar a sus vecinos, los artesanos de la plaza, de musculosas y bermudas. Ellos lucen camisa y corbata y una sombrilla, los cubre a medias del sol. “No queda otra. Nosotros vivimos de la comisión. Si no vendemos, no cobramos”, apunta Maximiliano, aunque señala que hay mucha ignorancia en quienes se acercan a preguntar por un plan. “La mayoría cree que con cien o doscientos pesos de cuota al mes, puede tener un auto y no es así”, aseguró crítico. Los planes con los que cuentan arrancan con una cuota de 600 pesos, aunque indican que hay otros más baratos. “Nuestra misión es vender, y si no, sacarle a la persona al menos el nombre, el teléfono y la dirección, porque el secreto está en el seguimiento”, explica Valles, que tiene una fórmula para evitar la pérdida de tiempo: “Las dos cosas que primero les pregunto cuando se sientan es: qué capital tiene para el auto y para cuándo lo quiere”. Y hasta busca indagar sobre la opinión de la esposa: “Porque si ésta no está de acuerdo, difícilmente la operación se haga. Yo tengo que lograr juntar al señor y la señora”, dice.

A unas cuadras de ahí, sobre Cañada y San Juan, Roberto Zelaya y Roberto Romero, también necesitan de la labia y de la persuasión para vender. “Cada vez más –dicen- porque la guita, loco, no vale nada. Nada”, afirman, casi al unísono. Venden coloridos parasoles para autos. Un señor se detiene y pide verlos, pero no compra. La unidad cuesta 20 pesos, lo que le cobran por noche, a Zelaya, para dormir en una pensión de la calle San Jerónimo. “Hoy dormimos en la plaza, me parece”, bromeó Romero. Es que en seis horas de trabajo, llevaban vendidas sólo una. Dicen que ir a vender a los lugares turísticos es arriesgarse a que te secuestren la mercadería porque la venta ambulante no está permitida. No tienen más alternativa que lucharla en una ciudad semivacía.
Carlos, dueño de un kiosco en el centro, también sufre el mes: “Enero, de por sí, es un mes malo y si encima hace este calor, no le vendes a nadie”. Pone, como ejemplo, que la otra vez llovió y al término del temporal, la gente se lanzó al centro a comprar.

Por calle Belgrano, la gente espera el colectivo en la vereda de enfrente a la parada. Busca la sombra y recién empieza a cruzar, cuando advierte la presencia del coche a lo lejos. Lo mismo hace el señor de portafolio de cuero, que camina pegado a los escaparates de los negocios para aprovechar las leves sombras de las marquesinas. Y una gran mayoría, caminan aferrados a la botellita salvadora y refrescante.
La ciudad, en enero, hierve a fuego lento. Y, nosotros, nos cocinamos en ella.
16/1/08