
Analía Romero Asef (San Francisco)
El paso por el casino después de un día laboral es para muchos sanfrancisqueños ruta obligada antes de llegar a casa, apostar algunos billetes en la ruleta, intentar unos tiros en el tragamonedas o simplemente sentarse en el bar a contemplar las luces y dejarse seducir por el sonido constante de las fichas, cayendo cual cascada del extremo inferior de la máquina. Los juegos en los cuales el triunfo otorgue un rédito económico y dependa del azar movilizan mucho dinero, mientras algunos llenan sus bolsillos, otros entregan su salario completo, convirtiéndose así, no sólo en los principales sostenes de ese negocio sino también en víctimas de una grave patología.
Es importante destacar que dentro de juegos de azar nos referimos a bingos, casinos, hipódromos, juegos de naipes, lotería, quiniela y todos los que involucren una apuesta monetaria y dependan de la suerte. Algunos aseguran estar rodeados de un aura ganadora, otros de una buena racha, también están los cabuleros que soñaron con un familiar muerto que les hablaba y jugaron al 48, muchos insisten en que hay que tener constancia y al menos jugar el número tres días seguidos. Lo cierto de todo esto es que para la mayoría el ejercicio de la apuesta se ha convertido en un hábito.
Plata quemada
Para dimensionar este negocio es preciso hablar de cifras: en el casino de San Francisco se recaudan 33 millones de pesos anuales, entre bingo, slots y ruletas. Además de este centro de apuestas inmediatas, están quienes prefieren otros juegos. En orden de recaudación, el primer puesto se lo lleva la Quiniela, mientras que el segundo lo tiene el viejo y conocido Quini 6; luego le siguen el Telebingo y la Lotería. Este ranking de cuatro juegos, recolectan en total entre San Francisco y Frontera, la suma de 25 millones de pesos anuales. Estamos hablando de un total de 58 millones de pesos en un año en juegos de azar, una cifra impensada para cualquier sanfrancisqueño de clase media.
Los números que la industria del juego maneja en la ciudad son muy elevados, hay gente que vive de esto, una mezcla entre las probabilidades de ganar y la habilidad innata del jugador hacen de la “timba” la salida a un mal momento económico, sin mencionar aquí a quienes lo hacen de forma profesional. La mayor diferencia entre los clásicos juegos (Quini, Lotería) y las casas de apuestas, es que los primeros son diarios o incluso semanales, por lo cual el apostador realiza su juego y debe esperar hasta el otro día para saber si es acreedor del dinero, diferente es por ejemplo en un casino, donde puede ver los resultados rápidamente.
¿Entretenimiento o enfermedad?
El juego no es malo cuando hay un control y genera placer, sin esperar a cambio de la victoria una ganancia económica. Si bien tener un estímulo monetario hace al juego más interesante y competitivo, es importante que no se vuelva algo patológico. La Dra. Mara Echevarría, reconocida psiquiatra de la ciudad dice al respecto: “El juego patológico implica la pérdida de control que altera la vida personal, familiar, laboral y social”.
La cantidad de gente que concurre a casinos es mayor que la que asiste tal vez al hipódromo o a salas de naipes, porque no hay restricciones de horarios y se necesitan pocos requisitos para poder jugar, además es el sitio preferido por estar al paso y por su inmediatez de resultados. La gente apostadora, en estos lugares está acostumbrada a ingresar, jugar unas fichas y saber al instante si ha ganado o en el peor de los casos ha perdido todo lo que llevaba.
Algunos creen que jugar a la quiniela no genera adicción, sin embargo el jugador cuando apuesta obtiene placer que se relaciona directamente con las ganancias y comienza un círculo nefasto de jugar para ganar. “Las ganancias significativas generan una gran excitación emocional con fuertes componentes sociales, luego las pérdidas, unas tras otras, le fuerzan a seguir jugando mayores cantidades como única forma de recuperar lo que se ha perdido”, explica la profesional.
Según estudios realizados, la psiquiatra manifiesta que estadísticamente son más propensas al juego las personas jóvenes, de sexo masculino, con nivel educativo bajo o medio y menores ingresos económicos. En ellos además, las repercusiones del juego son más graves. Piden dinero prestado, mienten, se encubren, juegan más, no pueden pagar, reciben amenazas y hasta llegan a cometer actos ilegales.
Existen diferentes tipos de jugadores, relata la profesonal: el ocasional, el episódico, el habitual, el profesional y el compulsivo, siendo estos dos últimos los más preocupantes. El profesional es aquél para el cual el juego es su medio de vida, lo que tiene es gracias a las apuestas; y el compulsivo es el que juega sin poder controlarse, poniendo en riesgo el funcionamiento de su vida personal, familiar, laboral y social.
Explica Echevarría, que uno de los errores más graves presente en la mayoría de los jugadores es la ilusión de control, es decir, pensar que cuando quieran o ellos lo decidan pueden dejar de jugar y salir tranquilamente de esta adicción. Sin dudas es una fantasía, porque quien juega compulsivamente no se considera a sí mismo un enfermo.
La sensación de agobio y depresión al haber perdido grandes sumas de dinero en el tiempo, han llevado a algunas personas a quitarse la vida, pensar en el suicidio como la única salida a la quiebra monetaria y a una situación de endeudamiento extremo. Es lógico que en los juegos de azar sea mucho más lo que podemos perder que lo que hay para ganar.
Un bonus especial
Atravesar el marco de esas enormes puertas de vidrio es tarea sencilla, ingresar a ese mundo de luces, sonido y confort poco común nos transportan a una realidad distinta a la que debemos enfrentar a diario. La música con un leitmotiv que es sumamente atrapante y que nos remonta a las viejas épocas de Tetris y Pac-Man, con luces coloridas e intermitentes, intentando observar todo, sin perdernos detalle alguno, prácticamente imposible.
Entrar a ese universo puede dejar obnubilado a cualquiera, sin embrago pasarse horas en ese lugar sin tener noción del tiempo y muchas veces del espacio puede aturdir e incluso enceguecer hasta al más fiel apostador. El casino de nuestra ciudad funciona desde febrero de 2005 y a partir de ese momento la zona de Libertador Norte e Iturraspe ha sido la más concurrida, estacionar en ese radio se torna muy difícil. Las motos en la vereda, la calle atestada de autos desde las 12 del mediodía que abre el establecimiento hasta las 6 de la mañana, cuando cierra sus puertas.
Los habitués del lugar se manejan como peces en el agua, unos compran sus fichas en la caja y otros prefieren con un poco más de placer colocar un billete de mayor valor en la máquina. Para sorpresa de algunos en el casino hay muchas mujeres y según uno de los mozos del bar, “son mayoría”. Por fin el género femenino en San Francisco puede estar a la altura del hombre en algo, el problema es que sea en este tipo de juego, que provoca cualquier sentimiento menos orgullo, créanme.
Cartera bajo el brazo, fichas en la mano, anteojos en la punta de la nariz y un pálpito ganador, el identikit preciso para reconocer a una mujer jugadora, parte de la clase media-baja, que reparte las horas del día entre las labores hogareñas y las máquinas tragamonedas. Parejas también discutiendo acerca de lo que puede ganarse esa noche. Para quienes estaban acostumbrados a saciar sus ansias con un cigarrillo, con la nueva ley anti tabaco, beneficiosa para muchos, se prohíbe fumar en la sala, por lo que la vereda está plagada de fumadores.
El desfile de gente en el establecimiento es constante, afinando quizás un poco la mirada es increíble el tiempo que una persona puede estar frente a un tragamonedas, llenando su vaso de fichas que recogen como si fuese agua de un dispenser. Se respira la excitación y la ansiedad que provoca el esperar la coincidencia y lograr aumentar la cantidad de fichas, para luego de unas cuantas horas, pasar por la caja y canjearlas por el dinero correspondiente.
Placer, tensión, ansiedad, angustia, depresión, descontrol, son sensaciones abstractas, sin embargo en estos lugares se materializan de una manera asombrosa, con ver los rostros de los apostadores, podemos hacer concretas cualquiera de estas emociones. Es sin dudas un mundo inquietante, un sitio donde la diversión y la ambición se toman de la mano, en cualquier momento, en un simple parpadear, el azar puede jugarles una mala pasada.
28/9/10
Recomendar esta nota¡4848!
Córdoba, 27 de Setiembre de 2010. SOLAMENTE NECESITAMOS UN PAR DE "PALITOS" DE APUESTA Y CONSTRUIMOS EL POLIDEPORTIVO EN VILLA EL LIBERTADOR. AQUÍ SÍ GANAMOS TODOS. POR LA INCLUSIÓN SOCIAL. Ismael, vecino.
Lo que pasa que para entrar al casino o a la sala de juego tendrias que depositar en la entrada 2000 mangos que se devuelven a la salida asi los que menos tienen se mantendrian alejados de estos centros de falsas ilusiones donde lo peor que te puede pasar es ganar una vez, por que eso enciende la fantasi de que en la proxima ficha me salvo. el que tiene mucha plata si la quiere quemar que la queme pero al menos los pobres no se tiren la comida aca, y lo más eficaz es el deposito en la puerta.
Es verdad lo que dice Martin,por eso con un $1 al 4848=$3.500 y no tenes que pagar entrada,solamente decir,buenos dias...sabe una cosa,se murio mi vecino,la de la agencia ya sabe que es el 48 sin mencionarlo porque estan los "cuervos" que te queman los numeros.
Tarjeta de control de barras bravas
Indignación, transporte público y las enseñanzas de Sthépane Hessel
En el reino del Ramón, un botón sirve de muestra

El municipio insiste en provincializar el Hospital del Sur. Intervención, robo y asamblea en el centro vecinal de Villa El Libertador. ¿Por qué la Caja de Jubilaciones es deficitaria? responde un especialista. Un club busca recuperar el nombre que la dictadura censuró. Un muro de tierra separa un asentamiento de un barrio cerrado. Un experto indica cómo deben proceder los trabajadores comunitarios en salud. El problema de la vivienda en la ciudad. Y más: ingrese y descargue La Décima de mayo 2012.