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El dilema de los pueblos /

El dilema de los pueblos

Para el periodista ciudadano, por una actitud ingenua "casi todos los pueblos de sudamérica (excepto -tal vez- el venezolano) confían en que para modificar las condiciones de dependencia basta con la voluntad". Señala que Argentina debe aprender de "la clase práctica de realidad que recibe de las otras naciones latinoamericanas. Debería inducirnos a poner cuanto antes las barbas en remojo", advierte, previo recorrer los últimos acontecimientos en Bolivia, Venezuela y Colombia. Cualquier otra actitud de indolencia y negación es una necedad. El dilema es claro: o nos conformamos con una democracia “formal”, o nos decidimos a construir un país. En cualquiera de ambos casos, nos costará caro. Lo que debemos decidir es el precio que estamos dispuestos a pagar.

Enrique Gil Ibarra (Trelew, Chubut).

Sudamérica está ingresando a la etapa más conflictiva desde la recuperación de las democracias.

Como era obvio, luego de las dictaduras que sufrimos en nuestros países, hubo un período que podríamos denominar “impasse”, durante el que nuestros diferentes pueblos aprendieron nuevamente a disfrutar por lo menos de la libertad de opiniones, a despecho de las otras “limitaciones” de las democracias formales obtenidas en algunos casos por resistencia popular, en otros por errores de los dictadores, y en otros por “graciosa” concesión del Imperio que, logrado ya su objetivo económico globalizador, entendió que le resultaba más rentable permitir que los gobiernos “democráticos” asumieran los costos políticos de su propia dependencia.

Pero, indefectiblemente, luego de ello los pueblos volvieron a pensar que nuestras democracias –si bien formales no por eso menos bienvenidas- demoraban irrazonablemente la inclusión de ese contenido “real” que debería existir anexo a las libertades “intelectuales” que tanto valora el progresismo liberal.

Sin lugar a dudas, los derechos a comer, a estudiar, a vestirse, a tener salud, todos ellos dependientes de la justicia distributiva en el ingreso, resultante de una imprescindible independencia económica, que a su vez deviene de un grado creciente de soberanía política, comenzaron a echarse en falta.

Los procesos iniciados en Bolivia y Venezuela fueron tal vez los disparadores del retorno, comenzando el nuevo siglo, de las concepciones revalorizadoras del nacionalismo de liberación, y del internacionalismo latinoamericano. Concepciones peligrosas, por supuesto, en un contexto de mundo globalizado de norte a sur (en ese orden), asemejando un globo/planeta inflado a costa de nuestras producciones primarias y mantenido “cabeza arriba” en base al poder de fuego de los países centrales.

Lamentablemente, llevados tal vez por un ingenuo “progresismo libertario”, casi todos los pueblos de sudamérica (excepto tal vez el venezolano) confían en que para modificar las condiciones de dependencia basta con la voluntad.

Hoy el Imperio nos pone nuevamente de cara al dilema fundamental: ¿puede algún gobierno que se denomina “democrático” añadir a su sistema el calificativo “popular” –y sostenerlo en la práctica- impunemente?

En Venezuela, más allá de todas las declamaciones de los partidarios de Chavez, la oposición se fortifica, alentada por los ingentes subsidios financieros de las agencias norteamericanas y la labor de los medios “republicanos y democráticos”.

Los acontecimientos bolivianos también parecen indicar que no. En Bolivia, “la convocatoria a una Asamblea Constituyente fue llevada a cabo por el gobierno del presidente Evo Morales luego de que los movimientos sociales durante más de una década la solicitaran por distintos medios. Una vez constituida, la tarea básica de los asambleístas era dotar al país de una nueva Constitución. Durante varios meses en la Asamblea se buscó llegar a acuerdos para lograr su cometido, pero consecutivamente la derecha utilizó artimañas para retrasar su trabajo e impedir el parto de una nueva carta magna.

La estrategia más eficiente fue introducir la demanda de Sucre como capital “plena” de Bolivia, reviviendo el conflicto histórico de hace más de un siglo a través del cual se trasladó la sede de gobierno a La Paz luego de una guerra civil. El gobierno ofreció una serie de concesiones a las instituciones sucrenses que fueron caprichosamente rechazadas con una lógica en el puro cálculo político. En una de las actitudes más antidemocráticas, grupos irregulares de Sucre, donde sesiona la Asamblea, impidieron sistemáticamente la reunión de los constituyentes.

Luego de varios meses de acción ilegal de estos grupos, la Asamblea tuvo que efectuarse en un recinto militar, con cordones de ciudadanos de todo el país y protección policial para cumplir su mandato. A pesar de la adversidad, los asambleístas lograron aprobar una Constitución que refleja las características multiculturales y pluriétnicas del país, incluyendo las demandas de autonomías departamentales e indígenas.

La derecha oriental se ha empeñado en desconocer la nueva Constitución en una táctica política que pretende desestabilizar al gobierno. Para ello ha realizado acciones completamente ilegales y secesioncitas, poniendo en riesgo la integridad de la nación. Claramente detrás del discurso autonómico está una oligarquía terrateniente que se juega la vida y su futuro”. (Hugo José Suárez – UNAM – México)

Seis de los nueve departamentos (provincias) bolivianas están en huelga general, manifestándose violentamente contra una reforma que paradójicamente favorece a sus habitantes. Las regiones rebeldes suman el 80% de la economía del país, casi dos tercios del territorio y el 58% de los casi diez millones de bolivianos. ¿Suena natural? ¿Parece lógico? Pues sí. Tiene la total y definitiva lógica de la dominación cultural, económica y mediática, que históricamente ha logrado manipular a importantes sectores populares, en todos nuestros países, para operar contra nuestros propios intereses.

Posiblemente, dentro de pocas semanas comenzaremos a ver en Ecuador una reacción similar, con el objetivo de impedir que la Asamblea Constituyente ecuatoriana elabore una Carta magna que profundice el proceso de reformas iniciado el 15 de enero último, con la asunción al poder de Correa, y que avance hacia la construcción de un “socialismo del siglo XXI”.

En Venezuela, descontando la propaganda tendenciosa de los medios “republicanos y democráticos” (incluyendo la CNN), lo cierto es que –mal que nos pese- no está tan claro el resultado del plebiscito. El error de Chávez fue, sin duda, incluir en la reforma constitucional la reelección indefinida, que proporcionó a la oposición conservadora un elemento precioso para influir en los sectores “independientes”, ya temerosos de la iniciativa del “Poder Popular”.

El corte de relaciones con Colombia, sugerido ayer por Hugo Chávez, es, creo, otra ingenuidad que ha proporcionado una nueva arma a Estados Unidos: Si Chávez sabía (y no podía ignorarlo), que Uribe es un “lacayo” de los yanquis, su propuesta mediación con las FARC estaba, desde el vamos, condenada al fracaso. En ese marco, cabía esperar que Colombia sacara los pies del plato en alguna instancia, generando una nueva fractura que justificara la tensión fronteriza existente hoy, que posiblemente de lugar a pequeños enfrentamientos locales, y que añadirá una excusa más para que Bush pueda calificar a Venezuela de “pais agresor” y elaborar la forma indirecta de intervenir para “mantener la paz en la región”. (El que dude de esta posiblidad, no tiene más que recordar las tensiones entre Nicaragua y El Salvador cuando se afirmaba la revolución Sandinista, y las “bases” de los contras financiados por EE.UU. en territorio salvadoreño).

Por nuestra parte, la profundización de las tensiones con Uruguay, aunque sea impensable cualquier tipo de agresión entre nuestro país y la nación hermana, colaboran sin duda al debilitamiento del Mercosur (obvio objetivo norteamericano), y añaden un nuevo frente de incerteza e inestabilidad a la posibilidad de la unidad latinoamericana. Ya hay opiniones de algunos periodistas “politólogos” que recomiendan sanciones comerciales a Uruguay, sin tomar en cuenta que dichas “sanciones” argentinas (y su repercusión internacional) lograrán solamente fortificar la balanza comercial de Brasil, país que tiene una política internacional coherente a través de los años, que desea liderar América del Sur, y que sabe que para ello hay dos condiciones sine qua non dentro del sistema: mantener alianza fuerte con Estados Unidos, y limitar el crecimiento argentino y venezolano.

¿Paranoia? Es posible. Sin embargo, como diría mi abuelita, “esta película ya la vi”. Y lo peor es que, cuando mi abuelita la vió, la película terminaba igual: mal.

Terminaba mal porque un enorme sector de nuestros pueblos se niega a “pensar en lo impensable”. Prefieren creer que es posible confiar en que la justa distribución de la riqueza, de la que hablábamos más arriba, puede llegar gracias al paternalismo de los gobernantes. Creen en la falacia de los “derechos inalienables”, cuando la realidad nos indica desde el comienzo de los tiempos que los derechos se conquistan y se mantienen con sangre, sudor y lágrimas.

No nos confundamos: las democracias son un bien conquistado, pero si no se las defiende, se caen como hojas en otoño, sin pena ni gloria.

Que yo sepa, la única nación latinoamericana que está organizando a su pueblo para una potencial defensa de la democracia, es Venezuela. Esperemos que esa organización llegue a tiempo.

Con respecto a nosotros, no estamos en riesgo aún. Pero si el gobierno decide profundizar su relación estratégica con las organizaciones libres del pueblo (sea por voluntad política propia o por exigencias y crecimiento de esas organizaciones) y eso lo conduce a una consiguiente consolidación de la democracia “real”, sin duda lo estaremos.

La “clase práctica” de realidad que estamos recibiendo de las otras naciones latinoamericanas, debería inducirnos a poner cuanto antes las barbas en remojo.

Cualquier otra actitud de indolencia y negación es una necedad. El dilema es claro: o nos conformamos con una democracia “formal”, o nos decidimos a construir un país. En cualquiera de ambos casos, nos costará caro. Lo que debemos decidir es el precio que estamos dispuestos a pagar.

2/11/07


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Selva

Muy interesnte el analisis pero creo que los argentinos ya optamos por la democracia "formal" porque no queremos pagar el precio de "hacermos cargo", preferimos el costo de la "corrupcion" y soñar con los angelitos.



anónimo

Felicito al articulista.Es el mejor análisis que he leído en los últimos tiempos. Evidentemente despues de las dictaduras militares genocidas del Cono sur de la decada del 70, que vinieron a implantar a sangre y fuego las políticas neoliberales, tuvieron auge las democracias de tipo formal que abrieron importantes espacios de debate y de expresión, pero acorraladas por las tremendas deudas ydesatinos de aquellas, aplicaronpoliticas \"fondomonetaristas\", cuyo mejor ejemplo fue la decada del 90 vivida bajo el menemismo y su continuación inepta: el delarruismo. Ese era el \"modelo\", poara toda latinaoemrica implementado a partir del Consenso de Washington. Despues de la debacle del 2001, que significó el cuestionamiento no sólo a la clase politica con el \"que se vayan todos\", sino que el desmoronamiento de todos los paradigmas del neolioberalismo, (la teoria del derrame, de la guia invisible del mercado, que regularia todo, del fin de la historia,etc.)Aclaro que sostengo que en Argentina siempre existió intervención estatal, nada más que en algunas epocas el Estado apoyó, promovió políticas de signo nacional y popular;y en otras fue decididamente la expresión del capital concentrado. En Bolivia como se ha dicho durante muchos años, hubo un \"empate técnico\" entre los sectores dominantes y los sectores populares; hasta la asunciónde Evo. Pero eso nogarantiza nada, sinose construye pode rpopular. Y la oligaruia boliviana es muy fuerte y poderosa. En Venezuela pasa lo mismo, aunqueel pueblo está mucho más organizados y están construyendo poder en serio. En argentina más alla del declamado discuros progresista esto no existe o es muy endeble todavía. La fragmentación social, la disminución de la clase obrera, el auge del cuenta propismo, la marginalidad, el vacio cultural, la huida de los estratos medios del ámbito político, al que califican de corrupto, olvidándose que la politica es el instrumento para la trasnformación de la realidad, la pérdida de una valiosa generación, quizás la más lúcida que haya dado la historia argentina y otros factores como el fomento del individualismo extremo, la destrucción de todo lo atienente al mutualismo y cooperativismo, la excesiva concentración de riqueza y la regresiva distribución de la misma, hace que no sea posible unificar sectores sociales, y contruir en serio una fuerza alternativa de signo nacional y popular, que sea capaz de llevar adelante las trasnformaciones que el pais necesita, par lo cual indefectiblemente deberá chocar con los intereses establecidos, altamente concentrados y con gran poder en los medios financieros, económicos y comunicacionales. Con respectdo a la corrupción no es de un gobierno ni de una persona: es intrínsica al perverso sistema que vivimos. Pero hora ya pocos se creen el \"verso\" neoloiberal,porque las consecuencias están a la vista. No hay que dejar que el arbol tape el bosque, que las contradicciones secundarios entre los sectores populares no permita dintinguir claramente quien son los verdaderos causantes de la desgracia de nuestra patria y nuestro pueblo. Lo importante es construir....mientras se pueda hay que andar...Esto es un proceso a largo plazo...El periodista ciudadano tiene razón: tarde o temprano llegaremos a esas instancias conflictivas. ¿Estaremos preparados?



joseluis

El Diagnóstico de la ralidad latinoamericana suele ser correcto. Lo que parece fallar es el tratamiento para sus males. A juzgar por los resultados, o las recetas son "truchas", los medicamentos están vencidos, obsoletos o agotados, o las dosis no son las adecuadas .- Y no es cuestión de andar experimentando con nuevas fórmulas no probadas satisfactoriamente, o con nuevos rótulos de fórmulas ya fracasadas y perimidas ...!!!




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