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Medio año sin gobierno

164 días después de celebradas las últimas legislativas, el 10 de junio pasado, Bélgica sigue sin Gobierno y no se vislumbra en el horizonte una solución para los problemas de todo orden que la proyectada coalición, formada por socialcristianos y liberales, está encontrando en sus largas negociaciones. El problema de fondo es la intolerancia. Lo que sigue es la reflexión del periodista ciudadano.

Diego Sponton (Santa Fe).

El país continúa siendo dirigido por un gobierno liberal y socialista y existe una apariencia generalizada de normalidad, debida, en buena medida a la situación de descentralización del país. Los gobiernos de Flandes y Bruselas continúan trabajando y hacen frente a sus extensas responsabilidades.

A la hora de encontrar la raíz del problema social, no tardamos en darnos cuenta que se trata de una cuestión de tolerancia, en estos tiempos que corren.

Tres días después de las elecciones, el monarca había probado suerte, sin éxito, designando un informador, Didier Reynders, liberal francófono vencedor de los comicios en Valonia, para que realizara los primeros rodeos. Después, a los primeros días de julio, Alberto II, recurrió a un negociador-mediador, Jean-Luc Dehaene, cristiano flamenco y ex primer ministro, que renunció al empleo al cabo de 10 días.

Seguidamente, el jefe del Estado optó directamente por un formador, Ives Leterme, para que intentara formar Gobierno. El líder de los democristianos flamencos, que con 800.000 votos, fue el más claro ganador y se perfilaba como primer ministro, tampoco logró la cuadratura del círculo.

A finales de agosto el rey pasó la pelota al explorador Van Rompuy, que sigue sin encontrar un equipo para llevar las riendas de Bélgica, uno de los Estados más jóvenes de Europa, que se independizó de Holanda en 1830 con el impulso de sus activos liberales y el presagio de los británicos, que se adelantaron en la revolución industrial a franceses y alemanes.

Este país de gente educada, culta y pacífica, que ha sido barrido en las dos últimas guerras mundiales, funciona bien y sin sobresaltos, a pesar de sus querellas. Los belgas ya han pasado por este trance de vivir más de 100 días sin Gobierno en tres ocasiones. En 1979 (106 días); 1988 (148 días) y 1992 (103).

Las dificultades de constituir el Gobierno federal derivan de los problemas para formar una mayoría parlamentaria que represente equilibradamente a Flandes y Valonia, dos comunidades que marchan a distinta velocidad y en diferente dirección.

Los flamencos al norte, unos seis millones, monolingües con su neerlandés, han pasado de ser los ignorantes campesinos que enviaban a sus hijos a las industrias del sur a una sociedad pujante donde florecen miles de pequeñas y medianas empresas y con una gran pasión artística. Los valones, 3,5 millones, de habla exclusivamente francófona, intentan superar el declive que han sufrido sus grandes siderurgias y minerías y por primera vez rompiendo clichés aprenden la lengua del norte.

El país aguanta gracias a Bruselas, más de un millón de habitantes, bilingües, también en plena expansión económica, con un creciente protagonismo político internacional desde que acoge la capital de la Unión Europea. La suerte o la desgracia es que Bruselas está en Flandes y es reivindicada como capital por las dos partes.

Cada vez parece más difícil formar gobierno en Bélgica. Las elecciones parecían haber arrojado un claro mandato en favor del democristiano flamenco Yves Leterme y una mayoría de centro-derecha, la llamada "naranja azul". Pero las tensiones entre flamencos y valones van creciendo a medida que pasa el tiempo.

Unas 140.000 personas de toda Bélgica han firmado una petición que comienza: “Nosotros, belgas de nacimiento, de corazón o de adopción pedimos a los políticos que respeten nuestro país y su unidad...”. El documento con sus firmas fue entregado en el Parlamento en un desesperado intento de conmover a una clase política convertida en el blanco de todos los dardos de la marcha de la unidad.

Pero la marcha reflejó muy bien la frustración y la impotencia que sienten algunos belgas ante la deriva que está tomando su Bélgica. En un país singularmente manso y en una marcha sin atisbos de tensión ni de irritación se escucharon voces y mostraron pancartas muy críticas con una clase política que a ojos de muchos de los manifestantes se extiende como una plaga.

Lo que en los años setenta resolvían un Gobierno y un Parlamento con dos cámaras ahora es competencia de seis Gobiernos y ocho cámaras parlamentarias, que buscan un lugar al sol. “Las guerras lingüísticas son instigadas por los políticos”, decía un manifestante francófono, mientras en una pancarta en neerlandés y francés se leía: “No a las carreras políticas hechas a costa de los conflictos comunitarios”.

Saber respetar a las demás personas en su entorno, es decir en su forma de pensar, de ver las cosas, de sentir; es también saber discernir en forma cordial en lo que uno no está de acuerdo.

Si la marcha reflejó meridianamente la frustración de cierta parte d e la sociedad con sus políticos también reveló la creciente fractura entre francófonos del sur y neerlandofónos de Flandes al ser la inmensa mayoría de los manifestantes francófonos.

Pero el aguante y la calma no es otra cosa que la innegable actitud de soportar los actos ajenos, respetando su forma de pensar, quedando en la situación de recibir lo dado.

Cinco meses largos de negociaciones entre partidos flamencos y valones (liberales y democristianos a ambos lados de la raya lingüística) para formar Gobierno siguen sin dar resultado mientras unos y otros han agudizado las tensiones comunitarias hasta el extremo de que la ruptura del país ha dejado de ser un sueño de extremistas para convertirse en un temor de la mayoría silenciosa.

Compartir las diferencias nos enriquece. Algunas veces, a lo largo de la historia se pueden ver ejemplos de personas cuyas formas de actuar nacen precisamente de la falta de respeto hacia los demás. Dejar pasar actitudes desconsideradas e injustas es una manera indirecta de no respetar a quien las sufre. Por eso, ser tolerante es también definirse, dar un paso al frente, hacer una opción por la justicia y la paz.

Es muy cierto que es mucho más fácil ver en otros los mismos defectos que tenemos nosotros. En cambio, qué complicado es percibirlos justo dentro de nosotros mismos.

Foto: AFP

21/11/07


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El ciudadano

Estos del "Primer Mundo" están peor que nosotros. Y yo que crei que el flamenco era un baile, che...



Elena

Yo que estoy viviendo unos meses en Bruselas veo que efectivamente estos del "Primer Mundo" tienen que hacer muchos méritos aún para ganarse semejante título. Un país de contradicciones. Y el flamenco antes que nada es un baile. ¡Y líndisimo!




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