
Juan José Vagni. Política Internacional
Hace unos meses llegó a mis manos una emocionante película llamada Beirut Oeste (foto), que rescata la vida de dos adolescentes y sus familias a partir del 14 de abril de 1976, el primer día de la guerra civil en el Líbano. Los chicos viven en la parte musulmana de la ciudad y con su coraje e inocencia, transitan intensamente el desgarramiento de un país y un pueblo.
Cuando miraba esas imágenes y pensaba en el increíble proceso de renacimiento de aquel país en los últimos tiempos, recuperando parte de su brillo perdido tras años de lucha entre las diversas facciones, parecía un suceso milagroso.
Pero los hechos de los últimos días quebraron para siempre la ilusión de ver al país de los cedros nuevamente de pie. Hoy el Líbano está en llamas, quizás tan o más destruido que en los largos años de la contienda civil. Sólo unos días han bastado, de la mano de la pesada maquinaria de guerra israelí y de la sinrazón de Hezbollah para dejarlo nuevamente en el desamparo, lejos de Dios y cerca del horror.
Los acontecimientos se precipitan y cuesta creer y entender lo que pasa en esas tierras. A todas luces parece una locura y no es apresurado afirmar que es desmedida la respuesta israelí al secuestro de sus soldados, más allá de los intereses de Siria y de Irán, más allá de las acciones violentas de Hezbollah. En términos del derecho internacional se trata de una clara intervención sobre un estado soberano, el libanés; referencia que pocas veces se ha podido escuchar en estos días. Pero aún si dejamos de lado este principio fundamental del ordenamiento de la comunidad internacional, la operación israelí, denominada “Recompensa Justa” aparece como injusta y excesiva para el pueblo libanés en su conjunto. Los números son claros y los resultados están a la vista: más de 300 muertos, casi un millón desplazados y gran parte de la infraestructura del país en ruinas. Esa desproporción no la ocultan ni los propios dirigentes israelíes, quienes han afirmado su voluntad de hacer “sentir su mano dura” sobre el pueblo libanés para que resienta su amparo a Hezbollah y “volver atrás veinte años” el desarrollo del país. De allí el bombardeo, en los primeros días, de la infraestructura: carreteras, aeropuertos, caminos, refinerías y ahora ya directamente sobre población civil, con el centro de Beirut incluido. Aquí está quizás la inconsistencia más fuerte del discurso israelí: acusar a un gobierno, el libanés, de debilidad y de inoperancia para el control y el desarme de Hezbollah en cumplimiento de la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y al mismo tiempo desencadenar una acción represiva que afecta a la supervivencia misma del Estado libanés. Con esta acción militar, sólo se está logrando restar aún más poder a la debilitada administración libanesa y dar un argumento útil para que Hezbollah incremente sus ataques contra el norte de Israel.
También se ha podido escuchar que la población libanesa se encuentra en una situación de rehén de Hezbollah y que éste ha sacrificado a todo un país en pos de sus intereses. Pero esto no justifica de manera alguna la violencia, supuestamente legítima, de un Estado soberano contra otro Estado soberano.
Y no se puede perder de vista la matriz que alimenta y echa fuego a este conflicto: la situación del pueblo palestino. Mientras esta herida esté abierta, mientras las grandes potencias sigan mirando para un costado y no se interesen en tender puentes de contacto fructíferos entre la administración israelí y Hamás, no habrá perspectivas de paz integrales para la región.
El irrestricto apoyo estadounidense a la posición israelí, la inoperancia de la Unión Europea y de la ONU están en el corazón de esta nueva guerra. Las potencias de Occidente sólo se han preocupado en retirar pronto a sus conciudadanos y evitar toda intervención política activa y efectiva sobre la situación. La historia parece repetirse, lo mismo sucedió durante la guerra civil, lo mismo ocurrió en 1982. Mirar para otro lado parece tener menos costo. Mientras tanto, un país que había levantado cabeza y que deslumbraba al mundo por su capacidad de recuperación, entró de vuelta en las espirales de la decadencia. Pobrecito Líbano.
Recomendar esta notaSoy periodista agropecuario. Estoy en la misma línea de prédica. Mi pregunta es, ¿que diferencia hay entre un pueblo que se cree el elegido de Dios y otro que sostuvo (y algunos de sus integrantes sostienen, son la raza superior).
HOLA SOY ABOGADO DE CORDOBA CAPITAL Y NO ENTRA EN MI CONCEPCION JURIDICA QUE UN ORGANISMO COMO LA ONU ESTE PASIVO ANTE TANTO DAÑO A PESAR DE TENER JERARQUIA Y PODER DE DECISION. SOLO SOMOS ESPECTADORES DE UN DRAMA. DANIEL31HANSEN@YAHOO.COM.AR
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