
Martín Menditto.
“Una monedita”, ese ha sido desde siempre el grito tradicional de los indigentes que mendigan caridad en las calles o en las puertas de las iglesias. Desde hace algunos meses, a esa súplica se han sumado los comerciantes, debido a una llamativa escasez en el circulante de monedas, particularmente las denominaciones más chicas, cinco y diez centavos, lo cual entorpece el normal funcionamiento de los negocios y desvirtúa los precios finales.
Por esta razón, en los comercios de los rubros más variados, hemos visto multiplicarse por miles los carteles implorando a los consumidores que abonen con cambio.
Esta situación no es nueva, pero se agudizó en los últimos tiempos, desde los pequeños kioscos hasta los hipermercados admiten tener problemas para conseguir moneditas, e inclusive, varios comerciantes están dispuestos a rebajar algunos centavos sus productos, para redondear el precio y salir del paso.
Juan Carlos Baglietto popularizó en los 80 una canción de Fito Páez que dice: “la vida es una moneda, quien la rebusca la tiene”, siguiendo ese consejo, varias empresas se han estrujado las neuronas para incentivar a sus clientes al pago con monedas, ofrecen sorteos con atrayentes premios, también descuentos en algunos productos. Pero por mucho que los comercios agudicen el ingenio, la realidad indica que no hay monedas en ningún lado, ni siquiera en los bancos. Algunos Hipermercados como no tienen para dar vueltos apelan a la bonhomía del cliente, solicitándole que done esos centavos a alguna entidad de bien público que tiene convenio con la firma, dicha donación se hace directamente desde el sistema informático del comercio.
¿Qué pasó que se acabaron las monedas?, ¿Adonde fueron a parar?, ¿A quién beneficia esta escasez?, todas estas preguntas surgen naturalmente, y como en toda situación que no ha sido debidamente aclarada, los rumores ganan la calle, llevados en andas por el boca a boca desparramaron diversas conjeturas, tan difundidas como difícil de comprobar o negar.
Muchos apoyan la teoría que el faltante se debe al alto valor de los metales, según versiones, grandes acopiadores de monedas funden las de cinco y diez centavos para convertirlas en metales, vendibles a mayor precio que el nominal del escudo.
No menos ruido hace el río de rumores que trae otra versión del mismo problema, esta indicaría que las empresas del rubro de caudales, compran monedas a un 20 por ciento más caro, y las venden con sobreprecios que alcanzarían el 50 y hasta el 100 por ciento de su valor real. Entonces, según este trascendido, 100 pesos en monedas se compran a 120 y se revenden a 150 o 200 pesos.
De este modo, la cadena comenzaría en los centros claves de distribución de monedas: peajes, telecentros, cospeleros. Estos negocios venderían monedas a los acopiadores, que luego las revenderían a grandes compañías que precisan el cambio, como supermercados, hipermercados, grandes tiendas, etc.
Por último, hay quienes culpan a la gente común de retener o guardar las monedas de menor valor, con el fin de ahorrarlas para la compra de objetos no muy onerosos. Según esa versión, la culpa nuevamente la tendría el que le da de comer al chancho, figura universal de las alcancías.
Es probable que alguna de estas versiones sea la verdadera; tal vez existan todas conjugadas, siendo eso la real causa del escaso circulante de monedas. Mientras no haya una solución o una voz oficial que planteé los verdaderos motivos, van a seguir difundiéndose curiosas versiones que, lamentablemente, no carecen de lógica en nuestra sociedad.
Lo cierto es que el metálico tintinear de las monedas en el bolsillo se ha ido enmudeciendo, para dejarle lugar a una sobrepoblación de caramelos, aspirinas, y otros tantos sustitutos ocasionales, utilizados compulsivamente por los comerciantes para dar vueltos, y que los consumidores están obligados a aceptar más allá de su voluntad o necesidad.
Imagen: igooh.com.ar
3/11/07
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