El fenómeno piquetero excede al análisis simplón y puramente destructivo del tipo "son unos vagos que sólo quieren vivir del asistencialismo". Según nos dice nuestro periodista,
el hecho de poner el derecho al trabajo por sobre el de propiedad y de volver a problematizar el espacio público, son pequeñas victorias dentro de la lucha popular.
Gonzalo Assusa.
Año 2001. En Argentina, haciendo uso de la metáfora de Waldo Ansaldi, se hundió el Titanic (el proyecto neoliberal construido y llevado a cabo durante varios años y presentado como perfecto e irrompible). Tal como en el caso del coloso de principios de siglo XX, en el hundimiento argentino no hubo salvavidas para todos.
Cuando hablo de la construcción de un proyecto, me refiero a todas las transformaciones que tomaron lugar en la sociedad y en la economía, y que muestran cómo el 2001 fue sólo la evidencia del choque con el iceberg. Sociólogos como Torrado sostienen que con el advenimiento de las reformas neoliberales, la clase media vio disminuida, no sólo en términos absolutos (su participación porcentual en la población disminuye), sino que la precarización laboral y la pérdida de algunos de los derechos otrora consagrados e instaurados como obligaciones estatales (entre ellos, quizás el más importante para lo que sostendré después, el acceso a educación de calidad), la privaron de los elementos que le dieron posibilidad de situarse en una posición cercana al privilegio en el pasado.
Torrado sostiene que la pérdida de su capital humano y, por consiguiente, de un proyecto de vida consolidado en décadas anteriores (acceso casi asegurado a carreras universitarias, posesión de bienes muebles e inmuebles, etc.) constituyó un durísimo golpe a esta clase. Y en este caso hablamos de quienes todavía tienen algo que perder.
En 1990, la brecha entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre era de 15,3 veces. En 2001 esa cifra llegó a 28,7.
De acuerdo a los datos del INDEC, en 2002, la pobreza en Argentina cubría a un 52% de la población, y la infraclase o lumpemproletariado (no entraré en discusiones teóricas sobre lo problemático de estas categorías) sufre un bestial aumento en esos años.
Estas (letales) transformaciones sociales (que se suman a la profunda desestructuración postdictadura de las redes sociales de contención y solidaridad), se funden con una profunda crisis económica, también producto de años de política neoliberal.
En 2001 el Estado prácticamente no contaba ya con empresas públicas, sufría una fuerte fuga de capitales combinado con una caída considerable de las reservas en el Banco Central (condición de posibilidad para mantener la convertibilidad) y la poco clara cifra del riesgo país ascendía a 4000 puntos.
La fusión de estas crisis, conjugada con una fuerte deslegitimación de las instituciones políticas y la comúnmente llamada (y discutible) crisis de representación, dio lugar a lo que en términos gramcsianos podría llamarse crisis orgánica.
En una situación de crisis se expresan contradicciones y rupturas, tensiones y desacuerdos, de una intensidad tal que los actores –individuales o colectivos- vacilan respecto a las decisiones a tomar, el camino a seguir y las acciones a realizar, al tiempo que las normas, las reglas y las instituciones hasta entonces existentes dejan de ser observadas y reconocidas […] al tiempo que las nuevas propuestas no terminan de ser
elaboradas o, estándolo, asumidas como eficaces y/o pertinentes. (ANSALDI, W; s/d; 2003)
Ante la tendencia grupuscular de la izquierda (entre otros factores) y una ola de rechazo de las instituciones políticas y sus ocupantes (“que se vayan todos”), el sistema podría haber perdido la capacidad de institucionalizar los reclamos o los gritos sociales. Surgieron en ese contexto nuevas formas (o quizás revitalizaciones de antiguas formas dejadas de lado) de politizar, de problematizar, de lucha. Entre esta multiplicidad (fábricas recuperadas por los trabajadores, asambleas barriales, clubes de trueque, etc.) recuperaré una en particular: los piqueteros.
Sostengo la relevancia de este fenómeno, primero por sus dimensiones: de acuerdo a lo declarado por los mismos piqueteros, su capacidad de movilización agregada (la de todas las organizaciones) supera ampliamente las 100.000 personas en todo el país, y, de acuerdo a los registros del propio gobierno, desde 1997 hasta 2002 se llevaron a cabo casi 4000 piquetes en todo el país.
Por otra parte, si bien es casi evidente que este grupo no será aquella masa de obreros que llevará a cabo la revolución marxista (al menos por el momento no da muestras de estar cercano a ello) plantea una serie de rupturas y discute algunas lógicas que, al menos en los últimos años, más que hegemónicas, aparecían como verdades religiosas.
Una primera ruptura es su reclamo: la mayoría de las organizaciones piqueteras son movimientos de desocupados y piden, concretamente, trabajo. En este sentido me parece válido distinguirlo de otros fenómenos, también masivos y contemporáneos, pero, a mi entender, diametralmente opuestos: este es el caso del cacerolazo. De sostener como máximo valor, reclamo y necesidad el trabajo, a poner en ese lugar a la propiedad privada (la defensa de los depósitos bancarios por parte de lo que comúnmente se denominó en los medios masivos de comunicación “clase media”) hay una enorme distancia, e incluso, si nos situáramos en una perspectiva materialista dialéctica, hay una irresoluta contradicción.
Además, está su metodología: no es una invención piquetera lo de salir a manifestar, sacar la lucha a la calle. Sin embargo sí lo encuentro como una ruptura en estos años posteriores a la dictadura, que nos dejan, entre otros dolorosos saldos, un profundo temor a la manifestación, a la participación en proyectos comunes, y a lo público.
Paso a explicar: esto que tanto repugna a un sector determinado de la sociedad, de encontrarse con gente ocupando las rutas y las calles como forma de protesta y de hacer públicos sus reclamos, implica, en un plano simbólico (con bastante fuerza material) que un movimiento, compuesto por sectores populares ocupe el sector público y en esta ocupación involucre por la fuerza a otros sectores de la sociedad. La calle no puede no ser de nadie, no puede ser sólo de quienes tienen que “ir a trabajar”, y no puede dejar de ser, como lugar público, conflictiva.
Constituir la calle como campo de lucha política es, al menos, algo distinto en los últimos años (en las dimensiones en que lo hizo el movimiento piquetero).
No podría dar cuenta en un escrito tan escueto de las variadas orientaciones, proyectos y vinculaciones partidarias de las distintas organizaciones piqueteras. Dicho esto, muchas de ellas sostienen proyectos de autogestión lo cual les brindaría a nivel identitario y económico una posibilidad de trabajar y luchar por una autonomía, distinta a lo que pueden aspirar los partidos de izquierda y los sindicatos (recuérdese lo antes dicho acerca de la imposibilidad del sistema para institucionalizar el grito popular).
Por otra parte, se deben enfrentar ahora, una vez instalado el fenómeno, la dificultad de trabajar a la vez autonomía y coordinación o articulación, entendido como algo que puede fortalecer y no disminuir la autonomía (un ejemplo de esto es el intento de formar la COPA); y la tendencia grupuscular antes mencionada de la izquierda. La posibilidad de ponerse bajo proyectos colectivos y masivos, a la vez que combinar la democratización y horizontalidad con algún tipo de columna de coordinación (espacios de conducción política que no tienen porque vincularse a una lógica de caudillismo o verticalidad) que asegure y efectivice el accionar de las organizaciones, son bases fundamentales para empezar a observar, construir y ganar cambios estructurales.
Al menos, el hecho de poner el derecho al trabajo, muchas veces, por sobre el de propiedad, el hecho de generar lógicas alternativas (en economía, por ejemplo) y el de volver a instalar la lucha en el espacio público son victorias en la ampliación del horizonte de lucha del sector popular.
Una vez hundido el Titanic, los náufragos pueden llegar a buen o mal puerto. Los náufragos no tienen una elección simple nadando a la deriva. Pero como bien declara Waldo Ansaldi utilizando parte de un texto borgiano “Siempre el coraje es mejor / La esperanza nunca es vana”. Si además de tener esperanza, estos grupos luchan y construyen nuevas alternativas, no podemos menos que poner nuestras miradas sobre ellos y esforzarnos por generar análisis productivos sobre ellos.
BIBLIOGRAFÍA
ANSALDI, W.: El faro del fin del mundo. La crisis argentina de 2001 o cómo navegar entre el riesgo y la seguridad, Programación 2001-2003 de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UBA. CIEZA, G.: Argentina: Ideas para el debate sobre los nuevos movimientos sociales autónomos. Ponencia en el Taller autogestionado sobre Reconstrucción del Movimiento Popular en el Foro Social – Buenos Aires. PALOMBINO, H.: El trabajo es la política, presentado en Labour Conference, Universidad de Indiana, 2003.
Muy buen análisis, al que le agrego que este fenómeno piquetero no solo ha puesto el derecho al trabajo por encima del derecho a la propiedad privada, sino que además ha instalado la discusión acerca de lo prioritario de un derecho por sobre otro/s. Tienen el mismo "handicap" el derecho al trabajo, a la salud, a la educación y a la vivienda que el derecho a "circular libremente"?. Es válido reprimir en nombre de la liberación del espacio público, a quienes están excluidos del alimento básico y los medios para procurárselos?.
Saludos
Raúl Oyola
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