Antonio Gilli.
Era como poner en el terreno de la realidad, las más tórridas y desesperantes pesadillas que ahogaban aquellas noches febriles de una infancia abundante en miedos nocturnos; ese tipo de pesadillas donde alguna bruja o algún duende maldito te persigue a través de un confuso escenario, y tu carrera es lenta y penosa. Como si en lugar de piernas, tuvieras dos inmensos rascacielos. Ahora que lo pienso, no sé a que rincón de mi universo fueron a parar aquellos temores ¿en qué parte del camino los habré perdido? ¿Habrán corrido ahuyentados, la primera vez que empuñé una culata? ¿O será que sólo se habían camuflado en algún rincón nebuloso de mi mente, hasta encontrar el momento perfecto para emboscarme? Lo cierto es que habían vuelto. Y lo peor es que parecían haber olvidado su hábitat onírico para asaltarme en mi muy material universo.
Ya había percibido alguna presencia extraña en la cantina. Pude sentir claramente unos ojos clavados en mi nuca, un aliento demasiado cercano a la parte posterior de mis orejas. Alguien, algún tipo de energía interrogante, escudriñadora. De nada valió buscar por el salón a algún otro bebedor solitario como yo. De aquí para allá paseaban mis pupilas, para descubrir por todo habitante, las mismas grietas de siempre, los mismos paisajes de marcos desteñidos, y esa naturaleza muerta. Y ahora que lo pienso: esos hilos escarlatas que caen desde la mesa, en la pintura ¿siempre estuvieron?
El viejo Rufino (con ese sexto sentido que desarrollan los viejos cantineros ), me observaba mientras franeleaba unos vasos con la curiosidad de un gato, si es que los gatos son curiosos cómo dicen, hasta la muerte. Parecía advertir algo distinto en mi aura, en mi karma. Y aunque estoy seguro de que no sabría definir los conceptos de aura y de karma, más seguro estoy de que me los estaba viendo completamente en pelotas. “¿Qué buscás Bonaudi?” – me carraspeó con esa voz suya, crucificada en tabaco- a esta hora ya no viene nadie. Si tenés algún pendiente, calmate. Por esta noche zafás”.
“Alguien está mirándome, midiéndome, algo anda por ahí…”. Eso me hubiera gustado decirle. Total ¿sabés cuántas boludeces escuchó decir este viejo en 29 años de bancarse en este bodegón las lágrimas, las euforias y los vómitos ajenos?.
Pero no fue lo que dije. “No te calentés, estoy inquieto por un fulano que le debe guita al sindicato, y se me anda escabullendo”, mentí.
El viejo se me acercó, me hizo una sonrisa ( si es que las sonrisas pueden carecer de dientes) y me mostró el Casio paraguayo que llevaba en la muñeca: AM 3:45 pintaba el desteñido aparatejo de plástico negro, que había sido traído en un corpiño, en el tiempo que Martínez de Hoz nos convencía que el negocio era cambiar dólares por Garotos.
Mientras salía, sentí un primer escalofrío. Una brisa me sopló las sienes grises, antes de que abriera la puerta. Estaba seguro, fue antes de abrir la puerta. “No, ya la había abierto”, me quise engañar, con muy pobres resultados.
¿Por qué será que uno ve a los dos lados cuando sale de un bar? ¿Será que uno espera venir ver las respuestas que no encontró en la borra del tinto? Me acomodé la sobaquera con el 32. Me levanté las solapas de la campera, y prendí en faso número 28 del día. Entonces lo escuché: “Qué hacés, Renato” No era mi nombre, era mi “nombroide”. Así me conocían en el ERP, en Montoneros. Sonaba “Renato” y se le erizaban los vellos a cualquier militante de la izquierda. Nunca supuse que ese apelativo me podría producir el mismo terror que le producía a ellos, con los años. Y sin embargo la parálisis no me lo produjo la palabra, sino la voz que la pronunciaba (algo que suele suceder y pocas veces nos detenemos a pensar ).
Watts, palanganas, fosas, llagas y pústulas, fue en un segundo, en un segundo volvieron a habitarme la memoria. Giré el cuello con la intención de meterle una bala en la frente al que me devolvía la gracia del pasado, y en el mismo momento en que la luz del neón le pegaba una ducha, sentí que mis piernas comenzaban a tomar peso, como los zapatos de cemento. Esos que me gustaba firmar antes de abandonarlos junto a su ocupante en el fondo del río. Mi voz no quiso volar, y estaba seguro de que le había abierto la jaula. El sudor se transformaba en alfileres a medida que bajaba por mi cara. ¡Era él, era él! No tenía facciones, era una cara en blanco; pero no me hacían falta las líneas de la nariz para saber que era él.
Me acordaba de las llagas de las muñecas, a las cuáles se las había atado con la intención de dejarle marcada la forma de la “Y”, que era por esos días mi letra favorita. No había cómo el alambre para dibujar en las muñecas. Imposibles de olvidar, eran además las marcas de quemaduras en los pies que le dejé en el intento de reproducirle en las plantas El Triángulo de las Bermudas; un maestro en pirograbados, ese era yo.
Estaba seguro que a este le había autografiado los zapatos, no tenía dudas ¿Cómo es que estaba parado delante de mí, con ese desparpajo que no debería ser propio de un desaparecido? ¿De qué te reís, imbécil? Con la pérdida de la identidad deberían perder para siempre la posibilidad de estirar las comisuras hacia arriba, y sin embargo este fantasma sin DNI estaba ahí delante de mí ¿contento?
Me empezó a hablar como si fuéramos viejos amigos que hace mucho que no se juntan a ponerse en pedo. “Tanto tiempo, Renato estás muy pálido ¿será la luna o el miedo? Qué bien te va a venir acordarte del miedo, Renato. Ese mismo miedo que le tenías a tu viejo cuando eras un pibe, y corrías a esconderte debajo de la cama huyendo de sus insultos y de su cinto al aire. El mismo miedo que después encofraste en tu cabeza para que no asomara.
¿Te acordás nuestra última charla? Me preguntaste si tenía miedo de morir. Tenía tantas ganas de contestarte que después de tu tratamiento, la muerte iba a ser muy dulce; pero no podía, porque no me respondía la lengua que me habías sembrado con una sevillana, y vos que nunca aprendiste a leer los ojos” .
De repente me sentí en el medio de una vorágine de tiempo, y me veía niño, y me veía graduándome en la Ramón Falcón, y me veía piloteando mi nave verde, y riéndome del dolor y buscando una prostituta hiper – perversa para poder tener sexo. Yo era el de los 10, el de los 20, el de los 30, era Gilgamesh y Drácula y lloraba por mis bendiciones.
Por un momento tuve fuerzas, le busqué la mirada ( que no encontré), y le dije: “Vos no existís, andá a buscar zapallos a otra parte, porque yo nunca festejé Halloween”. Nunca en mi vida había hecho un esfuerzo tan grande, como el que intentaba en ese momento por parecer indiferente, para darle la espalda e irme. Pero no había hecho dos pasos, cuando la carcajada helada de la aparición me venció las piernas y me arrojó de rodillas al piso.
“Pero que necio habías resultado Renato!. Yo existo, mi adorado ex – atormentador. No en los archivo, es cierto. No en los expedientes policiales, es cierto. Pero vivo en la memoria de mucha gente. En la de mis viejos, de mis hermanos, en la de los hijos que me arrebataron ( aunque ellos aún no me hayan descubierto) y en la tuya, claro! Llegó la hora de que dejes de ignorarnos!”.
Cuando lo escuché usar el plural, el estremecimiento se multiplicó por cien. Levanté mi cabeza arrastrando un dolor punzante que me hacía sentir que cargaba con un cuello de jirafa, fracturado en varias partes. Ya no había uno, sino decenas de sin-rostros reconocidos. Todos reían a la vez, y me espetaban su existencia. Y de repente advertí el agua y la sal. Alguna puerta se había abierto, y por allí venían. Y mientras tanto, entendía y lloraba. Por miedo a mi viejo. Por miedo a las mujeres. Por miedo al miedo ¿Estaba llorando? ¡Váyanse de mi noche, engendros!¡no me pegues con el cinto, pa…por favor!
Ni siquiera hicieron el ademán de acercarse a mí en toda la noche, mientras yo me acurrucaba contra el umbral del bar, elevando plegarias a Isis para que viniera en auxilio mío, cabalgando en la luz. Sólo se reían, y hablaban entre ellos acerca de turnarse para acompañarme cada noche. “No nos olvidará más”, decía un cadáver gordo.
De poco sirvió la irrupción del día en mi pesadilla, ellos seguían ahí. Me levanté mirando el charco en el cuál había estado nadando tratando de distinguir de qué líquido estaba hecho, y mirando de reojo a mis visitantes, decidí empezar a caminar arrastrando el terror conmigo, me parecía mejor que un temor inmóvil. De repente me di vuelta, miré al espectro de frente intentando imaginarme el lugar donde estarían sus ojos, saqué mi 32 de la sobaquera y me besé la sien con su caño. Otra vez se reía, como hacía unas horas atrás.
¿Por qué sería que el único gesto que se le dibujará en la cara a estos hectoplasmas del demonio, eran sus malditas comisuras cuando apuntaban a sus frentes?
“¿A dónde vas, Renato? ¿Creés que podés ir a algún lado sin nuestra compañía? Va a ser un gran placer verse despedazar esa cabeza podrida tuya. Y mayor será el placer cuándo descubras que de poco te valió, para desprenderte de nosotros. Cuando abras los ojos, seguiremos ahí, vas a ver.”
De vez en cuando pienso otra vez en el beso del plomo caliente, y entonces veo que se vuelven a dibujar esas comisuras hacia arriba, aunque ahora el marco blanco sobre el que se dibuja ya no es el contorno de un rostro, sino estas cuatro pantallas acolchadas.
El infierno no es la misma cosa para todos. Si le preguntás a un monaguillo, te va a decir que es el reino de Satanás. Para mí, es el reino de la memoria.
Imagen: chato.cl
23/09/06
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