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El País

Una bola, nada más /

Una bola, nada más

Bingo, Black Jack, tragamonedas.... El periodista ciudadano nos ofrece la crónica de una noche en el bingo de La Plata.

Juan Pablo Eijo

Y la bola 30 quedó congelada en la pantalla...
Osvaldo, con bolígrafo en una mano y cigarro en la otra, permanece atónito, la mirada fija al tablero, en medio de dos jovatas a las que rehusó la conversación toda la noche y que ahora, luego de estar el filo de la gloria (de su pequeña gloria), lo intentan de nuevo, sin saber acaso, que estos momentos no son, precisamente, los mejores para hablarle.    -Me faltaron cuatro, ¿a vos?
Osvaldo no responde; mira y relame la bola 30.
Un joven rubio, de camisa blanca, con abanico de cartones en mano, consulta "¿quién está primero?"; luego corta y cobra, corta y cobra con diligencia. Por detrás, chupándole la nuca, uno de traje supervisa que no demore más de lo programado.
Le llega el turno a Osvaldo.
-¿Cuántos, señor?
Entonces Osvaldo se recobra, saluda a la mesa con gesto destemplado y camina, resuelto, en medio del andar frenético del personal que grita "¿uno más?... ¿uno más?...", y una nueva estampida de jugadores a quienes acaban de abrirles el corral.
Ya dentro del salón central, se dirige a la extensa barra del bar, donde tres jóvenes comen picada y dos rubias "pasaditas", de caras tostadas, fuman con distinción. Se sienta, enciende un cigarro, pide un whisky. De fondo, el incesante tintineo de monedas.
-¿Doble, caballero?
Osvaldo asiente.
Visto a la distancia, con ese fumar parsimonioso y ese aire contemplativo, Osvaldo parece calmo; sin embargo, una extraña sustancia bulle en su interior. Piensa: "¿Dos horitas más? ¿Una horita? Quizá recupere algo...".
  Pero no: ése -el de la bola treinta- fue su último cartón.
Al menos por esta noche...

* * *

-Dale, nena... Daaale... -murmura un hombre canoso, de bigote poblado, a la vez que repiquetea la pantalla con una mano y renueva el crédito con la otra.
Son dibujos animados: un cavernícola, un minero, una sirenita, varios animales. En total: nueve cuadrados. Cuando hay coincidencia, una línea zigzagueante avisa y suma créditos; pero el contador, a la larga, resta más de lo que agrega.
A dos o tres máquinas, se escucha un furioso campanilleo; más lejos, una catarata de monedas. El hombre se inquieta:
-Prendeme un cigarrillo -pide a su mujer, una señora mayor, de pelo voluminoso, que aguarda detrás y se lo enciende.
-Acá tenés... –la mujer arrima el cigarrillo a la boca del hombre.
-Dale, nena... Daaale... -masculla el hombre, ya con el cigarrillo entre labios, sin despegar las manos de la máquina.
-Acá tiene, señor...
La morocha, de trajecito bordó y camisa blanca, deja un Martini y sigue por el estrecho pasillo de tragamonedas, bandeja en mano, hasta dar con una mujer castaña, de perfil recto, que abraza un tarro lleno de monedas y tira la palanca.
-Sirvasé, señora... -deja un café-. Enseguida le traigo su vuelto...
Alimenta la máquina y sigue:
Un bar, dos bares, un siete...
Un siete, dos bares, tres bares...
Tres bares, un bar, un siete...
Un bar, un bar, dos bares (suma diez créditos)
Dos bares, un siete, una campana....
La mujer sigue hipnótica el furioso girar de rodillos; su brazo derecho, que ya parece una extensión de la palanca, baja y sube, baja y sube en moviendo reflejo. Sobre su cabeza, la lista de premios que nunca alcanzará, y el aviso de créditos personales que exhibe una gran pantalla. A cinco metros, por si acaso, una pequeña sucursal, con efectivo al acto las 24 hs.
Pero la mujer, esta noche, no parece necesitarlo: su tarro está colmado de monedas y, para más, acaba de alinear tres sietes plateados: suma 250 créditos y acumula 539.
-¿Suerte de principiante? -ironiza un gordo que juega con frutas a su lado.
La mujer esboza una tibia sonrisa. Nada más.
Luego, saca el tarro doble-fondo, coloca el repleto a sus pies y aprieta el botón de cobro. De inmediato, una catarata de monedas repica sobre la bandeja. La mujer se inclina con moderación y atenaza puñado tras puñado hasta escarbar la última moneda atorada en una hendija.
Alimenta la máquina y de nuevo:
Dos bares, un bar, un siete...
Un bar, tres bares, dos bares...
Un siete, tres bares, dos bares...
Un siete, dos bares, tres bares...
Tres bares, dos bares, un siete...
-Señora, acá le dejo su vuelto...
-¿Qué vuelto?
La mujer se acuerda del café.
Que ya está frío...
 
* * *

La rubia, de chaleco bordó y moño, se presenta con una enorme sonrisa blanca, cristalina; menea la cabeza a uno y otro lado y fija la mirada al centro.
-Ahora sííí... Con esta mina es otra cosa...
Cualquier indicio es válido: el cambio de género sugiere flaquezas (aunque sólo se trate de una máquina), y los tres jugadores -dos hombres y una mujer- renuevan la ilusión de controlar el juego.
Apuestan: 20, 30 y la mujer, 50.
La mano despierta optimismo: la banca sale con 7.
El joven, de pelo encrestado, se planta con 19; el hombre hace lo propio con veinte, luego de una lanzada sucesión de 9, 6, As y 4; la morocha, en tanto, abre el juego con dos figuras y duplica la apuesta: cierra con 20 y 18.
Detienen la mirada sobre el mazo.
La rubia sonríe. Amaga con destapar. Vuelve a sonreír.
-Daaale, cornuda...
Saca un 3.
Luego un As y hace Black Jack: gana la banca.
-Pero, quehijadeputa... -reniega el joven.
El hombre, en cambio, conserva impasible su afilado rostro, al tiempo que acomoda las fichas en piloncitos que hace y rehace después de cada mano. La mujer, sentada a izquierda, se adentra un lugar:
-¡A ver si cambia la mano! -exclama.
Interrumpen el juego de momento: una moza rubia, de caderas estrechas, deja un trago, queso y aceitunas sobre la mesa de vidrio. Entrega el ticket y espera el dinero. Mientras, a dos metros, un corpulento seguridad demora a un joven en la arcada de inspección.
-¿Algo de metal? ¿En el lado izquierdo?
El joven vacía sus bolsillos. Lo intenta de nuevo y pasa.
-Quédese con el vuelto... -concede la mujer.
La moza se retira con dos whiskys en bandeja; a paso contoneado atraviesa un pasillo de tragamonedas, donde pulula gente con tarros en mano, e ingresa a la sala de ruletas; dos hombres, uno de tupida barba gris, el otro de bigote ralo, aguardan el pedido.
-Sirvansé... -deja las bebidas y el ticket-. Luego les cobro...
El pequeño reducto, de luz tenue y paredes gris oscuro, tiene dos mesadas octogonales con burbuja al centro y pantallas a los costados, donde los jugadores siguen el plato virtual. Nadie habla; el bullicio metálico llega agonizante. Estacada en el medio, una morocha de camisa blanca, supervisa el juego.
Los hombres, cabizbajos, con el joystick aferrado a una mano y el whisky en la otra, ingresan sus apuestas y aguardan expectantes, mientras la bola gira alocada, salta unos casilleros y muere en el 8. El de barba acierta un pleno; su compañero, nada.   La racha continuó -para bien, para mal- toda la noche.
Cerca de las 2, dan por finalizada la jornada. Llaman a la moza.
-Dejá, lo menos que puedo hacer es pagar... -el de barba entrega el dinero, con jubiloso rostro en evidente contraste al de su compañero.
-Su vuelto, señor...
Salen y se detienen frente al Black Jack, donde la morocha, el de cresta y el hombre inexpresivo -sumado a un gordo de anteojos-, continúan sus apuestas.
Parecen abatidos.
La rubia, en cambio, sonríe, sonríe, sonríe...
 
* * *

Osvaldo no levanta la mirada -aunque no fue en buen arranque: apenas dos de once (si el cartón no fuese de 4, ya lo hubiese abandonado)-.
Sigue el conteo:
9...
37... (tacha)
18...
-Línea -grita una mujer-.
Se ha registrado una línea en la sala. Procederemos al pago.
De momento, el recinto se torna un bullicio. La rubia de la derecha comenta que estuvo a uno. Osvaldo pita el cigarro, en silencio.
Continuamos:
5...
70...
21... (tacha)
47...
65...
83...
Una inesperada racha de cuatro bolas -3, 34, 16, 75- lo pone en carrera.
24...
13...
74... (tacha)
11...
5...
71...
Se han extraído treinta bolillas.
58...
26...
49...
81... (tacha)
17...
55...
36...
41...
De las cuatro siguientes -62, 89, 1, 15- borra dos.
22...
80...
60...
Se han extraído cuarenta y cinco bolillas.
73...
9...
25...
54...
39...
12... (tacha)
44...
53...
14...
23...
Se han extraído cincuenta y cinco bolillas.
82... (tacha) (le resta el 30)
54... (aprieta el puño)
63... (atisba el pozo)
32... (el grito se agolpa)
11...
Se escucha "BINGO".
Osvaldo siente el grito como una trompada. Y permanece unos segundos ensimismado.
Luego, alza la mirada y no lo cree:
La bola 30 quedó congelada en la pantalla...

2/2/10


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Ismael Cativa

Córdoba, 3 de febrero de 2010. Esta noche juego en la Agencia de Avda. de Mayo 892 de Villa El Libertador el 1948 a primera $ 1 y una redoblona el 948 con el 25 a los diez otro pesito. Y si saco algo este fin de semana me voy a las Fiesta de las Colectividades en Alta Gracia. Ismael, vecino.



juan c.olmos

Jugar Compulsivamente Es Pergudicial Para La Salud.¡OJO..CON EL 4848!



Capilla

Miren, yo les juego que no es así, apuesto mi cabeza, a la cabeza que no es así, y si por azar lo es, dense por perdidos, si tenés suerte te queda para el bondi de vuelta...o para una vaquita...



Ismael Cativa

Córdoba, 5 de febrero de 2010. Sr. Capilla no pasó nada con el 48. Salió el 47. Me voy del diario Comercio y Justicia caminando a Villa El Libertador tapándome con un barril. Ismael




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