
Mario Albera.
Menos de 20 grados con cielo despejado, buen rock and roll y lindas mujeres. ¿Se le podía pedir más a la tarde-noche del sábado? Me refiero a la edición cordobesa del Quilmes Rock realizada el viernes y ayer en el club Juniors.
El barrio, al noreste de la ciudad capital, es una zona residencial, de casas pintorescas, donde familias con apellido de cierto linaje, conviven bajo la armonía de esas arboledas que regalan una sombra inmensa. Aunque ahora, deben resistir el asedio de dos enemigos, uno silencioso: el negocio de la construcción (rincón vírgen, rincón que se convierte en edificio en el barrio), y otro algo más potente, los recitales de rock.
Contra el primer enemigo no hay forma de imponerse, porque la industria desarrollista e inmobiliaria es casi un Estado en sí. Contra el segundo, oponerse es más difícil porque no representa una amenaza en sí misma (hasta hora los pocos incidentes no pasan de una leve riña callejera) y porque significa una buena fuente de ingresos tanto para el club organizador como para bares, pizzerías y kioscos de la zona. No menos de diez mil personas es lo que mueve un recital de esta naturaleza.
Llegué al estadio alrededor de las siete de la tarde. Estaba sonando Pier, la banda porteña de los hermanos Cerezo, cuya voz, Ramiro Cerezo sorprendió con su larga cabellera platinada.
- ¡Vamos loco!
El pedido era contra un agente que más que un cacheo normal le estaba haciendo una autopsia al flaco que tenía delante mío. No le abrió el cuerpo pero sí la riñonera, la mochila, los bolsillos del pantalón (encima de esos veraniegos que tienen bolsillos por todos lados). Un suplicio. El flaco y el cana. Pero al final pasamos. "Vamos Pieeeerrrrrrr....", aulló uno, que tomó la delantera.
La gente reposaba en el campo: unos sentados en posición de yoga, otros con los brazos haciendo de soporte y otros directamente acostados. Es que era tentador: había olor a césped mojado y el día (todavía, el sol se resistía a marcharse) estaba radiante. El escenario estaba ubicado de espaldas a Nueva Córdoba y mirando para la avenida Patria. Sobre los laterales (es decir, donde están los arcos de fútbol) estaban los baños químicos. Y enfrentado al escenario puestos de merchandising (remeras, gorros), un puesto VIP de una tabacalera, los puestos de expendio de gaseosa (no se vendió alcohol), y el sector de Prensa.
En la carpa de Prensa desfilaban las picadas, las pizzas y las latitas de gaseosa. No estuve, pero lo ví de afuera. Pagué los 25 pesos correspondientes.
Muchos de los que fueron presenciaron el recital desde ahí, arrellanados, tirados como Holando Argentino en los sillones de cuero blanco. ¿Cuánta comodidad y bienestar para una música intrínsecamente rebelde, contestaria? Rodeados de pequeñas luminarias de la bebida que permite tu encuentro, el sabor de encontrarte con tus amigos. "No logo, no logo", grita Solari, pero no hacen caso. Algunos prefieren no mezclarse con la danza cansina, cadenciosa de Los Cafres. Una flaca pela los prismáticos para ver qué pasa. ¿Qué ves, cuándo te ves, contáme?
Ir y no mezclarse, es como no ir.
Menos mal que sobre el tejido perimetral había unos trapos colgados. Eso le daba un toque ricotero al espectáculo; compensaba en parte los carteles luminosos de la marca organizadora. No logo; sí logo. Todo es logo. Logo tú y logo yo. Logos todos. Puajj...
Antes de referirme a Babasónicos, excelente banda Los Cafres. Juro que cuando escucho reggae me aburro como una ostra al quinto tema. No me pasó eso con ellos. La voz del grupo, Guillermo Bonetto -un ex Pericos, de brazos de longitud infinita que viste gorrita al estilo Gilgan- canta muy bien.
Hace falta un poco de movimiento y pensar y no dejar de lado a los que la pasan mal. No es sólo pasatismo Los Cafres; hay mucho de inconformismo, de resistencia en ese reggae rapero. Bienvenidos.
Las banderas tricolor (amarilla, verde y roja) cayeron (no el aroma dulzón a cannabis, realmente penetrante), el campo se oscureció de repente y los celulares se alzaron luminosos al cielo para recibir a Adrián Dárgelos.
Las chicas -algunas no tan niñas- deliraron, mientras el grueso, coreaba burlón: "Vamos la pelooo, vamos las pelooo....." "Pan y vino, pan y vino, pan y vino; el que no canta Pelotas, para qué carajo vino". Estaba claro: los Babasónicos debían jugar de visitante, ante un público rabiosamente pelotero. Y cuando digo "rabiosamente", soy literal.
Fue una parada difícil para la banda de Lanús, tener que nadar contra la corriente, pero lo superaron con creces, creo yo. A sabiendas de que el recibmiento no sería tan cálido por parte de la mayoría, irrumpieron en escena con un par de temas que sonaron fuertes, no sin dejar de impresionar con la estética, que tanto cuidan. Era simpático ver al tecladista con unos lentes setentosos de marco blanco moverse como una sirenita, con las piernas bien juntitas. Es todo pose en ellos, les encanta que los miren. También el bajista: musculosa, muchos rulos, un aire al joven Miguel Abuelo, o más cercano en el tiempo, al actor Fabio Posca.
Quiero revolcarme con vos, les decía Dárgelos a las chicas. Y ellas les contestaban con furia y poniéndoles acento a la é: QUIÉRO QUIÉRO QUIÉRO QUIÉRO.
- ¡Puto, maricón, andáte ya. Vamos las peloooo, las peloooo, las peloo...!, lo insultaba un flaco que estaba detrás mío. Y la novia lo retaba: "No seas así, pará un poco. No seas tan estúpido. A mí me gustan, dejáte de joder". Y ella que volvía la mirada al escenario y desafiante coreaba: ¿Cuál es? hacerte muy putita, comer tu galletita, con toda devoción. El flaco estaba enfermo.

Es gracioso ver cómo Dárgelos juega con ellas. Las mira, les saca la lengua y se lame los labios, les hace gestitos, se toca, se recuesta sobre un bafle y le hace el amor, mueve la pelvis, y juega con el micrófono-falo y con su pie, al mejor estilo Freddy Mércuri. Lo zarandea como boleadora, se lo pasa por la boca, en la entrepierna, lo deja caer y lo agarra antes del impacto. Le gusta mostrarse afeminado y viril al mismo tiempo. Confundir. Pero para los del campo no hay confusión posible. "Puto", le gritan, y a ellas no les importa porque lo ven como un seductor, con esa chaqueta de cuero de mangas cortas y una remetira de tono lila con una inscripción sobre el pecho que dice: "Linda Música". "Con el delirio también se combate el sistema", tira a modo de proclama.
Después de una hora y algo, se va. Y, nuevamente, el grito espontáneo que nace del campo y de las tribunas de Juniors: "Vamos las peloo, las pelooo, las pelooo". "Pan y vino, pan y vino...."
Ahí la fiesta fue completa, porque incluso algunas babasónicas se sumaron al ritual. Sobre todo con las canciones más pop de la banda: Será, Bombachitas Rosas. Los ex Sumo empezaron con todo: sonó el clásico Capitán América y todos estallaron.
Luego hicieron un tema nuevo llamado "Basta", una especie de Marcha de la Bronca pero más rockera. No me gustó.
El dinero de hoy, no me sirve, no importa, no lo verás; sólo me quedas vos, el consuelo es poderte abrazar, cantaban, y el pogo allá en el medio, furioso, entregado al disfrute. La gente jugaba un voley imaginario con unos globos gigantes aportados por los organizadores. La gente sacaba fotos, muchas. Los celulares y camaritas son parte ya de las tribus.
- Aparición con vida de Julio López- proclamó Daffunchio, a modo de consigna. Irrumpen leves aplausos.
- ¿Quieren más?- los tentaba.
- Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii....- respondían.
Tocaron más de dos horas. Y todos se fueron en paz y llenos de música. Las chicas babasónicas y la tribu pelotera.
(en la foto principal, Germán Daffunchio, vocalista y guitarrista de Las Pelotas, y en la interior, Adrián Dárgelos, vocalista de Babasónicos)
22/10/06
Recomendar esta notaMuy buena nota. La verdad es que asi se vivio y se sintio.
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