








11/12/06






Liliana Chávez.
Tomaba un café en el bar de 27 de Abril y Obispo Trejo. Me gusta ese lugar cuando llueve. Ver la calle desde allí. La plazoleta del Fundador, la Recova, su vereda con árboles de flores rosadas y el incesante paso de la gente.
Un transeúnte deja su paraguas de varillas quebradas, abierto en un contenedor. Al rato, primero un hombre y luego un chico, se detienen a inspeccionarlo pero ninguno lo lleva.
Quedo pensando. Ya las mujeres lo usaban para resguardarse de la lluvia en la Antigua Grecia. Era, por entonces, una seña de dignidad extensiva incluso, a estatuas y divinidades. Muchos son los monumentos egipcios, asirios y persas donde se ven reyes rodeados de servidores que sostienen un quitasol. Quitasol que, adaptado por los europeos, se convirtió en paraguas. Al llegar a casa me intereso un poco más sobre el tema, la imagen ha quedado dando vuelta en mi cabeza.
Los jesuitas, allá por el siglo XVI introdujeron la seda en estos accesorios que, sumado al encaje más vaporoso, fueron usados en Francia, durante el reinado de Luis XIV por las damas de la corte. En la Inglaterra del Siglo XVII, el paraguas era el sello distintivo de personas adineradas y pudientes.
Al contrario de la sombrilla, el paraguas fue negro durante muchísimo tiempo. Y los hombres, recién empezaron a usarlo en el Siglo XVII.
Y fue el químico escocés Charles Macintosh, quien presentó el primer modelo de paraguas impermeable en 1823. Pero tenía una contra: a diez metros de distancia se sentía su desagradable olor a caucho.
A solo días de presenciar aquel hecho, estoy sentada al borde de un cantero sobre calle Independencia. El motivo es, mi apetito de historias.
Espero que un hombre, en la vereda de enfrente, termine de sacar las placas enrejadas que protegen las vidrieras de su comercio de la inseguridad y el vandalismo. Se llama César, le dicen Chechín, nieto de Manuel Osorio, aquel que inauguró en 1903 “La Casa de los Paraguas”.
La charla se inicia con un interlocutor no muy convencido de hablar. Pero la nostalgia es una aliada incomparable para desatar los nudos que genera la desconfianza. Y tanto palabras como recuerdos se vuelven dóciles.
Tuvieron fábrica, compraban las telas, las varillas, hacían paraguas a pedido, con el mango y el diseño elegido por el cliente. César dice que antes, el valor de un paraguas era el mismo que el de un par de zapatos de cuero. Si habrán cambiado los tiempos, pienso. Hasta 1960, la casa vendía exclusivamente paraguas, ahora también comercia artículos de cuero, bolsos, valijas, bastones.
Mientras aguardo que atienda un cliente, observo el lugar y descubro, dos hermosas sillas de respaldo torneado con asiento de esterilla que están, según supe, desde el inicio del negocio; hay además, un hermoso reloj de pared y una colección llamativa de pequeñas figuras donde resalta la presencia de paraguas. Dos fueron traídas de España; las otras son una especie de máquinas en miniatura y César cuenta que a principios del siglo XX los afiladores callejeros también componían paraguas y ese elemento era el usado para hacer el trabajo.
En la pared, una vieja foto de la calle Independencia permite apreciar lo que hoy es el Museo Luis de Tejeda (sin el ingreso parroquial) y ver, en la construcción contigua, una ménsula de hierro con un paraguas colgando que indicaba, por toda marquesina, la presencia de este centenario comercio.
No quedan fábricas de paraguas en el país. Algunas desaparecieron en la época de Martínez de Hoz – acota César -, otras desde el uno a uno.
Las composturas, actualmente, se hacen desarmando otros paraguas para recuperar el varillaje y más como hobby que por lo rentable de la actividad. Hay personas todavía, para quienes cuenta el valor afectivo y se llegan hasta la casa en procura de rescatar ese accesorio que quizá, fue de un abuelo, de un padre o de su añorada juventud.
Al despedirme, lo hago con la seguridad de que César quedó envuelto en cierta nostalgia y que otros recuerdos desprenderían de su memoria el resto del día. Porque cincuenta años de trabajo son, para cualquier persona, todo una vida.
Nota de Sosperiodista: Este artículo fue publicado en el Boletín Literario Basta Ya, Número 78, octubre de 2007.
3/11/07

Diego Sponton (Santa Fe, Capital)
Cuando llueve en la ciudad, llueve de verdad. No es una llovizna chiquita que molesta, no garúa, chispea decíamos de purrete. Los noticieros disfrazan la situación con un “copiosamente” y mirando la realidad por la ventana desmitificamos el dial y pensamos en “excesivamente”. En realidad cae agua, mucha, que rebota y salpica con ganas, fría. Llueve con ganas de seguir lloviendo, porque se marcan los globitos en la alcantarilla.
Cuando llueve se muere el prejuicio. El calor agobiante marcado por el mes interminable suponía algo así. Se avizoraba aunque sin precisión, la típica tempestad de veranito, que cuando llega se va casi al mismo tiempo, se queda un rato, toma unos mates a la tarde y ni bien termina la siesta se va. Pero no. Aún quedan coletazos de lluvias que nacieron vaya a saber dónde, cerca del polo, de las montañas, del mar y de allí el sifonzazo llegó a tapar este pozo.
Los colectivos se niegan a acercarse al cordón, algunos no hacen el intento si quiera de parar ante la mano erguida. Algún tachero se confunde y con las balizas se acerca rápidamente, sin chistar se suben empapados marcando el destino, sin antes maldecir a la Diosa lluvia.
El hombre galocha más que exagerado y distintivo, como lo describe Sasturain, hoy es más observador que nunca o mejor dicho un escuchador.
Saludables titulares no desarrollados, la fugacidad de la info radial es marca registrada; no porque carezcan de idoneidad para hablar de Don Ernesto, quien ha sido nuevamente postulado al premio Nóbel, sino porque su código así lo indica. Para el desarrollo están los diarios… de su vejez.
Después de recibir el vómito de las noticias, pocas agradables y muchas de las otras; la gran mayoría de las otras, decidimos apostarnos en el rincón preferido del bodegón, limpiando el sillón por los pelos de Toulouse, que muestra los dientes con el ronroneo antipático que los perros emiten tras ser desalojados de su lugar favorito; con la falsa promesa de volverlo a su lugar.
Antes claro, ya ubicados los discos, le damos play a la concertina. Ahora sí, le pedimos fuego a la rubia mireya sentadita pegada al ventanal. Media mañana lluviosa con Astor de fondo y el amargo quemando el paladar imaginamos el dolor del fuelle al carraspear.
Se cuela el polaco en la balada para un loco; loco yo, loco vos, locos nosotros. La gata Varela se contornea en el Afiche. En la porteña soledad del callejón lo ilumina el regio bandoneón cuando aún el día no se anima a amanecer. Mientras los titulares se mojan, empapados de este actor, con el pastor, con el autor, con nombre de Piazzolla.
El chapoteo de los chicos saliendo del colegio marcan el mediodía, los autos se apresuran para llegar, todo el mundo va y viene, el mundo se bambolea. El mate lavó el alma un ratito y el bandoneón la secó. Se asoma el sol con timidez y se vislumbra una tarde húmeda. Rutinaria.
Llueve con sol. A esperar el arco iris!
30/1/08
Recomendar esta nota“las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños”Alejandra Pizarnick. Dice un amigo a quien me atrevo a tomar prestado: Llovizna oblicuo.Llovizna con sol.Llovizna sin viento.Llovizna y me empapo. Me empapo y no me importa.Solo cuenta el abrazo de las gotas de luz que caen lentamente,como una caricia,así, como si nada.(j.carranza). Es la lluvia que tiene algo de sanadora,como sostiene el periodista ciudadano cuando llueve se mueren los prejuicios.
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En La Décima de febrero, la zona sur después de la tormenta del 30 de enero. La emergencia expuso las deficiencias estructurales,la responsabilidad y la desidia estatal y la consecuencia del desarrollo inmobiliario descontrolado. Además: Mujeres hartas de la violencia: en sólo tres meses, huno 500 exclusiones de hogar. Y Más. Ingrese y baje La Décima en PDF.