
Ernesto Anzúa.
El boletín meteorológico que emitía la maltratada “Spica” colgada sin simetría de un vetusto pie de suero, anunciaba la inminente tormenta. En el hospital todos la esperábamos ansiosamente para mitigar la bochornosa temperatura de los últimos días.
La lluvia fue excepcionalmente copiosa, luego nos enteramos que en media hora llovieron 45 mm. Un imprevisto corte de luz nos colocó en una angustiante situación debido a que la pequeña usina de emergencia ubicada en el sótano inundado se había deteriorado. El retorno de la energía nos encontró en la sala de espera próxima a la puerta de ingreso del hospital. Fue en ese momento cuando la telefonista nos anunció que en el quinto piso no encontraban a Rosita la maestra cordobesa que cursaba el post operatorio de un aneurisma cerebral. De inmediato todos subimos para incorporarnos en la búsqueda.
En la sala de la desaparecida enferma encontramos a su hermana recién llegada – según nos dijo – de Bs. As. donde residía. Solamente su rostro era parecido al de Rosita por el resto de su aspecto y de su atuendo se diferenciaban: su vistosa ropa, sus uñas cuidadosamente pintadas y su perfume. Personalmente me llamaron la atención los aros color turquesa que contrastaban con el rubio de su frondoso cabello.
El director ya se había hecho presente, la denuncia policial ya estaba asentada, sólo quedaba en el enigma la desaparición de Rosita. Aun en la oscuridad la hubiésemos reconocido – argumentaban los de la portería – y es verdad: el típico vendaje que cubría toda su cabeza, por otra parte tan inconfundible en los enfermos de neurocirugía, la hubiese delatado. A la inocultable situación se sumaba la actitud, más que razonable, de la hermana que visiblemente inquieta y muy molesta por lo ocurrido abandonó abruptamente el hospital, decisión que tomó argumentando que probablemente la localizaría en un lugar de la ciudad que, según ella, sospechaba podía estar. Con el tiempo, esa posibilidad también quedó trunca ya que Rosita no apareció y su hermana tampoco.
Las más aventuradas conjeturas se tejieron en torno al sonado y enigmático caso hasta que, con el correr de los días el tema pasó, como ocurre siempre, casi al olvido. Semanas después se presentó a la guardia un hombre de talla pequeña, enjuto, que en sus gestos, en sus actitudes, en su indumentaria trasuntaba una profunda humildad. Saludó inclinando discretamente su cuerpo y su cabeza sacándose, con innegable y genuino respeto durante unos segundos su desgastado sombrero. Luego con voz queda, casi en un susurro pincelado de una evidente tonada cordobesa, dijo venir de Quilino con un mensaje, y sacó de un descolorido bolso un sobre con un papel escrito casi a jirones: "No me guarden rencor, yo ya estoy en Deán Funes, instalada en la casa de mi hermana su destino fue diferente al mío, luego de ser operada de un aneurisma como el que yo padecí, quedó con una parálisis, que la condenó desde hace años a un sillón de ruedas, es prácticamente incapaz de hacer nada y mi ahijado, su hijo, necesita como nunca apoyo y cariño mas aún después del suicidio de su padre. En el bolso que le entregará mi tío Bernabé están, el esmalte de uñas, el perfume, el vestido y la peluca que me prestó Isabel, la nochera, que, por supuesto ignoraba mi decisión” Rosita
PD Los quiero y extraño mucho. Un beso grande y mi infinito agradecimiento al equipo que me operó, a la sala de Terapia Intensiva y principalmente a Isabel que me ayudó a sobrellevar.
26/2/09
Recomendar esta nota¿DONDE OCURRIO ESTA HISTORIA? ¿QUE HOSPITAL? ¿DEAN FUNES? ¿MI QUERIDO PUEBLO DE QUILINO?.Felicitaciones por la nota:
Juan C. Olmos: ¡gracias por por las felicitaciones!. Esta historia es real aunque deformada para proteger la identidad de sus protagonistas. En esa época yo era médico en Terapia Intensiva del hospital donde ocurrieron los hechos y le aseguro que despues de casi 40 años de ejecer mi profresión tengo una larga fila de anécdotas similares a la de Rosita. Un abrazo
Dr.Azua,a sido muy amable,gracias por su informacion,le retribuyo su cordial abrazo.saludos.
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