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Una experiencia casi religiosa /

Una experiencia casi religiosa

"Cuando leí el artículo sobre la canción Juguetes perdidos de los Redondos, me acordé de algo que habia escrito hace un tiempo, cronicando un recital de la banda en Villa María (Córdoba), lo desempolvé y lo comparto. Es un relato fabulado, una mezcla con el Señor de los Anillos, pero lo sucedido fue real", explica el periodista, quizás, con melancolía.

Eduardo Alberto Planas.

Leí esto y me acordé:

El viaje

Cinco amigos, dos ya maduritos y tres jóvenes adolescentes, decidieron ir a El Recital.  

Se realizaba en una comarca del interior de la provincia de Córdoba, por cuestiones de seguridad, decían.
Partieron tempranito, en el automóvil de uno de ellos. Ya durante la travesía se toparon con el tren redondo, que transportaba seres desde la Capital. Había gente por todos lados, colgados de los pasamanos, de las ventanas, encima del techo, todos iban alegres y felices, saludando  entusiasmadísimos a quienes encontraban en la ruta.

Al llegar a la ciudad, nuestros héroes pretendían  hacer base en la casa de otro amigo, que ¡oh casualidad! vivía al frente del estadio donde se realizaba el concierto.

Primero se dirigieron a la zona  ribereña. Múltiples tiendas de campaña cual un ejército estaban dispuestas a la vera del río, cada una con su estandarte, iguales pero diferentes, pintadas todos de color rojo y negro. Así mismo, multitudes nunca vistas iban y venían por dichos lugares, como preparándose para la lucha. 

El subsuelo de la patria –del conurbano bonaerense principalmente- estaba allí, la  mayoría vestidos de negro, con borcegos, portando damajuanas que llevaban líquidos elementos hacia las tiendas, que  no contenían agua precisamente.

Criminal mambo

En eso estaban nuestros aventureros, cuando apareció de la nada, corriendo a gran velocidad, por el medio de la calle, una especie de orco (temible personaje del  El Señor De los Anillos), con un adoquín en sus manos, que inmediatamente arrojó  hacia una multitud que estaba distante a 20 o 30 metros, donde se podían observar unas especies de centauros de color azul, que apaleaban a otros orcos. Estos, al parecer estaban furiosos, y los había de todo tipo y tamaño: chicos, grandes, algunos casi gigantes, como troll, barbados, lampiños, semicalvos, negros, blancos, castaños, con unas especies de aros en la nariz, orejas, cejas, etc.

Además de  toda clase de insultos, les arrojaban, piedras, ladrillos, latas de cerveza o lo que fuera, cualquier elemento contundente en contra de los “azules”, al tiempo que proferían odas a un tal Bulacio. Al parecer, el objetivo era alejar a aquellos; “liberar la zona”, el ingreso al estadio.

Nuestros amigos le gritaron al orco: "¿qué hacés, no ves que hay gente?”, contestando ¡a la yuta, a la yuta!, al tiempo que se unió al temible grupo de los orcos” en su lucha campal contra los centauros azules.
 
Los  aventureros “pegaron la vuelta” y pretendieron dirigirse a la casa de su amigo, la que estaba prácticamente rodeada por los  malvados centauros  azules.

Al llegar, observaron que venían dos de ellos con una elfa (especie de hada de los bosques), pero  ésta ultima parecía ser un poco agresiva, ya que venía envuelta en un violento jaleo con aquellos, gritándoles epítetos en su lengua ininteligible, ya que decía:”cobani, cobani “ pataleando y mordiendo que daba miedo. 
 
Al acercarse al a casa de su amigo, observaron que se encontraba parapetado detrás de un muro del frente de su vivienda, porque llovían infinidades de proyectiles de todo tipo sobre la misma que iban direccionados a una especie de carro  que estaba estacionado al frente y que tenía inscripciones que rezaban “Crónica TV”. Los pryectiles eran arrojados desde las alturas del estadio, imaginen la velocidad con la que venían.

Los jóvenes ingresaron a la vivienda, a cada rato asomaban sus cabezas orcos, troll y enanos, por  encima de la tapia, queriendo hacer uso en carácter de “servidumbre de paso” del patio del amigo,  para  poder ingresar al estadio.
 
En eso los azules hicieron abandono total del campo de lucha y ordas incontenibles de orcos, trolls y enanos y elfas, ingresaron al estadio al que prácticamente tomaron, poniendo una especie de guardias y todo. En eso apareció uno de ellos, semidesnudo, con un pañuelo rojo y negro en la boca, que prácticamente arrojó una cosa de metal  pesada y grande al suelo, que al caer hizo un ruido como de vidrios rotos, tomándola el de la camioneta, quién huyo precipitadamente del lugar. Luego, sobrevino un  silencio total.

La fiesta

Pasados unos minutos, los amigos decidieron, cautelosamente, salir de la vivienda y dirigirse al estadio a ver que pasaba. Un  mortal y absoluto silencio reinaba en las afueras.  Formaron una columna para ingresar, tipo patrulla infernal,  y al llegar comprobaron que adentro todo era una FIESTA. Todo el mundo cantaba, estaba alegre y feliz. Reían a carcajadas. Una intensa  niebla o especie de humo  azulado, de rarísimo aroma dulzón, se levantaba  por todo el ambiente e impregnada la ropa, el pelo (los que tienen).
 
Reunidos en círculo los asistentes parecían cumplir una especie de ritual. Una persona ubicada en el medio repartía algo desde donde, cuentan los héroes, salía ese humo embriagante, que ponía a todos con ojos rasgados, orientales.

De repente la banda comenzó a tocar tres o cuatro temas  sumamente rítmicos: Rock para el negro Atila, Ángel para tu soledad, El pibe de los astilleros, Mi perro dinamita. Euforia total. Los asistentes cantaban, se paraban, gritaban, agradecían a Dios, al Oscuro, por estar presentes. Se palpaba algo visceral en el ambiente. Abruptamente se paró la música y el cantante  dijo: “Sino te bajas del techo, chabón, no seguimos”.  Uno bailaba frenéticamente en el techo al borde del abismo.
 
Una vez que el orco se bajara (o lo bajaran mejor dicho) siguió el baile, con mayor frenesí. En eso una especie de luzbelito que estaba al lado del grupo de nuestros amigos, repentinamente cayó al suelo del respaldar de la butaca haciendo un ruido seco y sordo. Allí quedó en la misma forma  en que lo hizo, de espaldas con las piernas dobladas  hasta casi el final del recital, cuando se levantó y siguió cantando como si nada.
 
A todo esto el que estaba del otro lado, invitó al grupo a libar un licor dulce  que se encontraba en una caja que tenía inscripto el nombre “Bordolino”, que estaba caliente por demás. Pegaba que daba miedo.

Carteles con leyendas e inscripciones tales como ”el lujo es vulgaridad”; "violencia es mentir”, “el futuro ya llegó”, y muchas otras. Una alegría total y paz reinaba en el lugar, todo el mundo cantaba y bailaba a más no poder, mientras duró el recital. Al final, vino el himno Juguetes Perdidos y todo fue una fiesta. Pasado el mismo, los orcos  ahogados en sed, salieron a exigir el elixir por toda la ciudad.
 
Nuestros héroes, se salvaron, porque minutos antes reiniciaron el retorno y en una fonda ubicada a la vera de la ruta, en una ciudad aledaña, se sentaron a comer, tomaron unas cervecitas y regresaron a sus hogares, extenuados pero felices.

Foto: geocity.com

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