
Mónica Beatríz Gervasoni.
Ella libra un combate cuerpo a cuerpo con las nanas, contra las cicatrices del olvido, con la vida que pasa. Sin embargo los recuerdos de todo tipo de amores, de su mamá, sus tías y su abuela que ya no están, los amores de los que si están, su compañero, sus nietos, la de su hijo, el de su nuera, el de sus primas, le da la savia de la energía para seguir luchándola.
Una mujer que se ha asomado al amor, en todas sus formas y que por eso merece llamarse mujer.
En su corazón hay una parcela dedicada a un amor anónimo que la hizo feliz y ahora hace lo propio su recuerdo. Al dueño de aquel rostro, es el que busca entre la gente, nada más que para saber si acaso habrá sido feliz.
La cita con el más romántico de los recuerdos, narra la historia de una señorita del barrio, que se decía hace tiempo de San Nicolás, conoció al amor de su vida un 24 de agosto de 1960.
Héctor, una tarde con olor a primavera la vio pasar. Ella salía de una academia, famosa, sobre la calle Callao. La siguió. Su manera de ser, la conquistó en el acto. Los recién estrenados diecisiete años de ella lo aceptaron sin dudarlo. La invitó a pasear a la plaza Congreso tomados de la mano. Cuando los caballos, las aguas, las fuentes relucían en su esplendor y la música acompañaba. El le contó que trabajaba en una imprenta en Entre Ríos y Cochabamba y que vivía por el barrio. Al día siguiente la invitó a su casa. Y todos los días, como esa primera vez, él le preparaba amorosamente un mate cocido con tostadas con manteca y mucha azúcar.
En Bailemos, en lo que hoy son las ruinas de lo que fuera el salón de baile, en Rivadavia, esquina Loria, los esperaba el tema: Bésame mucho, versión de Ray Koniff. Ellos vestían sus mejores galas. Ella corte princesa. El traje celeste, haciendo juego con sus ojos.
Después trabajó en una agencia de viajes, en Córdoba y Esmeralda. El loco cortejo a su amor le llevó todos sus ahorros. Un día dio un mal paso y gastó plata de la empresa. Nueve meses duró el romance. No nació un niño. Murió el amor. Cuando una vecina mala, como la bruja de los cuentos, le contó a la madre de él que una señorita iba a visitarlo a su casa puntualmente y que eso no se hacía. Los jóvenes rebeldes debieron separarse, entonces.
Desde aquel día y hasta que las lágrimas se lloraron por dentro, hay una ronda de suspiros en su recuerdo.
Los caminos se bifurcaron. Un buen día, 20 años después, caminando por Callao, como aquella vez primera, lo volvió a ver. El miraba sin ver... pasaba tan apurado, que esta vez no la vio. Ella se quedó sin palabras.
Pero un amor así no puede morir jamás. Y entre las vicisitudes de la vida, ella, vuelve a caminar las tardes con olor a primavera para ver si lo ve entre la gente. Para sólo saber, si acaso fue feliz.
14/02/08
Recomendar esta notaEsta historia de un amor interrumpido que cuenta la periodista ciudadana, me recuerda la novela de Gabriel García Marquez: El amor en los tiempos del cólera, en la que Florentino espera a Fermina toda la vida para declararle su amor incondicional.Es la chispa divina la que enciende.
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