
Diego Sponton (Santa Fe)
Es una estación tan importante como cualquier otra, pero carece de prestigio. La misma primavera y el propio otoño, especie de andenes del año más que verdaderas estaciones, tienen mejor literatura que el verano. Toda la literatura veraniega es una literatura ociosa, frívola y vana en la que el veraneo se nos aparece como un lujo y no como una necesidad.
Y quizá el veraneo sea, efectivamente, un lujo, pero en todo caso, un lujo necesario.
La frágil, tenue pero divertida literatura de verano, un poco menos civilizada que la de invierno, nos apremiará en el balcón con los mates al lado; con la radio de fondo no nos detendremos ni en la publicidad de los jeans y esperará en el sillón después de un baño relajante con la manguera. Irá a nuestro encuentro tirándole la pelotita al perro que cumplirá su primer año; encenderá el cigarrillo en el banco de la avenida; nos tapará en la playa -tipo cinco- por el viento y tratará de impedir que se vuelen las hojas. Seguirá presa en la peluquería; sentadita atrás dando una vuelta en auto a la siesta con el aire a full, porque en casa se cortará la luz.
Espantará, por su condición de intolerante, a los provocadores mosquitos. Y a los quince minutos de contemplarla dormirá bajo los diarios de ayer.
Temáticas relajadas, ambientes fresquitos y/o exótico; el humor siempre es bienvenido. Dramatismos, los justos...
Los ojos irán del libro a la pileta, y después de salpicarnos, volveremos a sumergirnos en él. Será mejor leer despacio, perder la mirada en el agua.
Mientras el verano pase no perderemos la oportunidad de frecuentar al flaco amigo, filósofo, de espaldas anchas, con sábana y sandalias. En el bar de acá a la vuelta, de tomarnos un vinito con un muchacho de barrio como él. Entretenido para pasar el verano aunque un poco distraído.
Cuando el sol queme la nuca en una de estas tardes húmedas, este loco se trabará en cualquier tema. Nos comerá el cerebro porque “le resbala” lo evidente. Les pondrá desinfectante a nuestras ideas y pondrá a secar el pensamiento que compartimos con otras personas. Nos va a joder, pero a la vez pensaremos que algo de razón tendrá. Y bueno, así pasaremos dos, tres horas con este tipo. Se la creerá. Seguro que alguno de la mesa lo buscará, lo provocará pero él seguirá en la suya. No será fácil demostrarle lo contrario.
Como a los quince, ¡qué quince!, como a la media hora recién hablará uno.
Nos iremos silbando bajito.
25/12/07
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