
Anibal Camarasa (*)
Se ha planteado un conflicto en los centros de atención primaria de la municipalidad.
Al parecer, existe una disposición que permitiría que cualquier miembro del equipo de salud, médico, trabajador social, psicólogo, enfermero, pueda ocupar el cargo de jefe del servicio. Pues bien, esta más que razonable previsión desató una enconada resistencia en un grupo de médicos que han llegado a manifestarse públicamente en su contra, mostrando aspectos escalofriantes de corporativismo. Por ejemplo, durante un acto uno de los líderes preguntaba al grupo: “¿Quiénes somos nosotros?” y la respuesta unánime y estentórea era: “Los médicos”.
Dejando de lado la penosa memoria de los corporativismos de la Italia fascista y del intento de organización social de la dictadura de Onganía, queremos expresarnos en contra de toda idea de reservar, de manera excluyente, la administración de salud a los médicos.
Por cierto, los médicos realizan los estudios más abarcativos de la problemática de la enfermedad, en su vertiente científica, dependiente del desarrollo de numerosas áreas de ciencias básicas que la sustentan, como biología, física, química. Respecto del cuidado de la salud y su promoción, los estudios de grado son bastante más pobres y no alcanzan más que a un par de asignaturas, generalmente poco valoradas por los estudiantes y a algún capítulo suelto de las clínicas que se cursan al final de la carrera.
Los enfermeros están especialmente capacitados en la asistencia directa a los enfermos, para implementar el cumplimiento de los tratamientos prescriptos, realizar las tareas que los faciliten y proveer contención en todo aspecto a los pacientes. Las medidas preventivas de complicaciones ocupan buena parte de su quehacer y de su formación.
Los trabajadores sociales están singularmente capacitados para la detección de individuos y grupos de riesgo y en condiciones de alta vulnerabilidad social. Asimismo cuentan con recursos técnicos para desarrollar tareas que compensen a esos individuos y grupos.
Los psicólogos, más allá de la línea teórica a la que adscriban, han recibido formación que también los hace aptos para trabajar no sólo en la asistencia de pacientes, corresponda a un cuadro psicológico o coadyuvante para tratamientos de otras patologías de fuerte impacto en la subjetividad, sino también para trabajar en grupos de riesgo para evitar o mitigar conductas violentas o adictivas.
En suma, todos los profesionales que se desempeñan en los centros de atención primaria están en condiciones de encargarse de su dirección. Resulta incomprensible que los médicos se arroguen preeminencia para esa tarea. Tanto más cuanto que acaso sean los menos indicados para ello. Si se tiene en cuenta que sólo los sanitaristas se han dedicado en particular al estudio de las formas de prevención y promoción de la salud, en la administración de recursos y en la orientación de políticas de salud, resulta más incomprensible aún.
Los médicos, cualquiera sea su tarea, de asistencia, investigación o docencia, son profesionales que viven de la perturbación de la salud. Y esta condición no sólo no los hace más aptos para la dirección de servicios de atención primaria sino que puede resultar una condición distorsionadora de las prácticas más aconsejables para esas tareas.
En los países modernos un tema de alto impacto en la vida social lo constituye la defensa del territorio y la seguridad interior. Sin embargo sólo las dictaduras colocan a militares o policías en las funciones directivas. El país más militarista y poderoso de la tierra deja la defensa en manos de civiles, y en última instancia del presidente.
Acudiendo al más módico ejemplo de una unidad familiar, armada a lo largo del desarrollo histórico como la mejor alternativa para generar un dispositivo de crianza de los nuevos integrantes de una sociedad dada, preservando sus valores y su cosmogonía, debe enfrentar problemas de la más diversa laya, de educación, de economía, de psicología, de salud, de trabajo, de leyes. Y a nadie se le ocurre que haya alguien mejor, por sus títulos académicos, que mamá y papá para desempeñar los roles de conductores del grupo. Por supuesto que acudiendo a las personas y recursos técnicos que estimen pertinentes según las vicisitudes que enfrenten.
En un espacio más amplio, la ciudad, a nadie se le antoja exigir títulos especiales para la función de intendente. No es necesario que sea un arquitecto urbanista, médico, abogado, policía o docente. Se entiende que quien desempeñe esa función acudirá a quien corresponda para cumplir los objetivos.
Hemos asistido al abandono del manejo de la economía nacional en manos de técnicos, altamente capacitados, si atendíamos a sus currículum académicos, con resultados nefastos.
La salud es un tema tan importante que nos atañe a todos. Y del que nadie es completamente ignorante.
Como en el caso del intendente, o el ministro de defensa o el padre de familia es importante que posea idoneidad y probidad pero éstas no pueden ser consideradas epifenómenos automáticos de determinada formación universitaria o no.
El establecimiento del juicio por jurados es un intento de que los ciudadanos comunes participen en el juzgamiento de delitos. Se basa en el entendimiento de que ellos, esclarecidos por los técnicos, los especialistas del derecho, están en plena condición de juzgar sobre los hechos que motivan los juicios.
La democracia avanza en ese sentido. Dotar a cada ciudadano de la mayor participación posible en la toma de decisiones trascendentes para la comunidad que integra.
Control social. Esto aparece aún más relevante si tomamos en cuenta los numerosos estudios que, desde Foucault a esta parte, han puesto de manifiesto que el dispositivo médico es uno de los más eficaces mecanismos de control social. En gran medida la medicina oficial ha reemplazado a la religión en la prescripción de comportamientos deseables y permitidos y las categorías de “pecado” y “delito” han perdido terreno frente a las de “comportamiento patológico”.
La cobertura que proveen las ciencias básicas que sustentan a las prácticas médicas gozan de un merecido respeto pero es ilusorio que ese respeto, relacionado con la pretensión de “objetividad” que esas ciencias tienen, pueda ser trasladado sin más al ejercicio médico. Este ejercicio está profundamente imbuido de la ideología dominante en un momento dado. Así fue que la homosexualidad y las diversas expresiones de sexualidad diferentes y no lesivas de terceros, fueron separadas de la “normalidad”, en nombre de la “ciencia médica”.
Así es que esta penetración ideológica obstaculiza un claro y uniforme pronunciamiento a favor de la despenalización del aborto, que, en las condiciones actuales se revela, a la luz de los datos epidemiológicos (y la Epidemiología es la rama más científica de la medicina), como una amenaza severísima para la salud de las ciudadanas. Y conste que la despenalización no es la propiciación. Nadie desea hacer un aborto del mismo modo que nadie desea una amputación.
En el siglo pasado, que no es el medioevo, se argumentaron razones “médicas” para justificar experimentos aberrantes con seres humanos. El mismísimo Kart Jung dio argumentos médico científicos para explicar la superioridad de la “raza aria”.
Así también, la última dictadura acudió a categorías médicas cuando calificaba a los adversarios de su proyecto de implantación del neoliberalismo como “psicópatas subversivos”.
La única alternativa de avance en las condiciones actuales de vida de las personas aparece vinculada a cualquier forma de profundización de la democracia. Y eso implica grados de participación más directa de los ciudadanos en los grandes temas que atraviesan la convivencia social: la Educación, la Justicia, la Salud, la Seguridad, la Defensa.
Cuanto mayor sea la posibilidad de que los ciudadanos se involucren más personalmente en estos temas, mayor será el grado de democracia vigente y menores las posibilidades de quedar atrapados en discursos mesiánicos.
El último ministro de Salud (Ginés González García), uno de los mejores, que tuvimos en una cartera que ha tenido otros honrosos precedentes, no permanecerá en el gabinete, en lo que se entiende como un gesto de acercamiento a la Iglesia Católica por parte de las nuevas autoridades. No cabe duda de que no hay motivos científicos para desplazarlo. Seguramente ha pesado más el terrible anatema que recibiera del cura castrense que quería atarle al cuello una piedra de molino.
Me pregunto qué pasaría si, por ejemplo, hubiera una mayoría de mujeres en la dirección de los centros de salud de todo nivel.
Les pregunto qué tal funcionan las ONG que combaten el VIH y que a menudo carecen de médicos entre sus dirigentes.
En fin. Actitudes como la que comentamos al principio demuestran una posición elitista, retrógrada y antidemocrática. Repetimos que no decimos que los médicos deban quedar excluidos del manejo de las políticas de salud. Sobran ejemplos de médicos capaces para hacerlo en cualquier nivel. Hay Gutiérrez, Wilde, Carrillo, Oñativia, Maradonna, Favaloro, etc. Pero su aptitud para esos desempeños no provenía de sus formaciones académicas sino de su compromiso cívico, de los valores democráticos y humanistas que los sustentaban.
Si se ha de establecer un orden meritocrático en los centros de atención primaria de salud éste debe provenir de la evaluación, en cada integrante del equipo, del compromiso con la tarea que realiza, con la realidad de la comunidad a la que sirve y con los proyectos vigentes y aceptados para el desarrollo social y sanitario.
* El autor de este artículo es médico.
(foto archivo de Sosperiodista)
28/11/07
Recomendar esta notaLa soberbia de los médico es increible. Mejor dicho, es increible que sostengan esa actitud, en épocas en que existen asociaciones de pacientes que los cuestionan, en que las obras sociales no los consideran y en que la sociedad esta (para bien y para mal) sumamente informada sobre aspectos vinculados a la salud, asi que no son portadores de ningun saber secreto..
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