escribi tu nota

publica tu articulo

el surprensa red

Opinión

Dos nombres que atraviesan los tiempos /

Dos nombres que atraviesan los tiempos

Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti eran dos inmigrantes italianos que fueron ejecutados en 1927 en Estados Unidos acusados injustamente de un crimen. Su muerte causó un escándalo internacional y fuertes protestas en Europa y Latinoamérica, también en Córdoba. La ejecución se debió básicamente a su doble condición de inmigrantes pobres y anarquistas. Este hecho histórico fue el que le permitió conocer al periodista ciudadano -cuando era muy pequeño- que "el valor supremo del hombre a defender es el de la libertad".

Silverio Enrique Escudero.

La tarea del historiador tiene momentos de intensidad. Su conformación ideológica está construida, no sólo en el estudio y comprensión de las cuestiones afines a su oficio, sino en los mandatos de su propia historia. Esto viene a cuento, para intentar justificar por qué, este día, invade la mesa de trabajo uno de los recuerdos más sentidos. Remiten a una tarde, lluviosa, en que mi padre, que cuidaba personalmente mis lecturas, trajo –envuelto en un papel de estraza-, un libro, que ocuparía –durante mucho tiempo- el centro de nuestras conversaciones. Se trataba de Boston, uno de los más lúcidos alegatos jamás escritos, sobre el ignominioso proceso a Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti.

Fue el inicio de un largo camino. Fue el hito fundamental para comprender, temprano, muy temprano, que el valor supremo del hombre a defender es el de la libertad y, que no hay razón suficiente que justifique la censura y el amordazar el pensamiento.

Sacco y Vanzetti, representan uno de los instantes esenciales de esa la lucha. Su martirologio lo ha podido ser acallado por la formidable maquinaria propagandística montada, no sólo, para suprimir las protestas sociales, sino, también, disimular las consecuencias del ajusticiamiento de estos inmigrantes italianos.

A su asesinato, en la cárcel de Charlestown, Massachusset, concurrieron los más diversos intereses. No sólo actuaron los patronos que, temerosos y aterrorizados por los reclamos, instaban criminalizar la protesta y armaban al Estado represor, sino personajes siniestros de la talla de Edgar J. Hoover, jefe del Federal Bureau of Investigation (FBI) y un Al Capone, tembloroso, que clamaba, en 1919: “el bolcheviquismo golpea a nuestras puertas. Debemos conservar nuestra patria plena, limpia e incorrupta. Debemos alejar a los obreros de la literatura y de los engaños comunistas. Debemos tener la seguridad de que nuestras ciudades permanecerán puras”.

La defensa política de los inocentes ganó las calles del mundo. Millones de trabajadores desafiaron el orden establecido y marcharon clamando justicia. Se constituyeron cientos, miles de Comités Sacco y Vanzetti, cuyos miembros adquirieron la respetabilidad que se alcanza en el frente del combate. Ya no tenían valor, siquiera, las amenazas contenidas en el “Acta de Sedición” o, el “Acta de extranjería”, por el que se expulsaba o impedía el ingreso a Estados Unidos a quienes abogasen derrocar al gobierno o preconizar el asesinato de funcionarios cuanto, nuestra arbitraría y xenófoba Ley de Residencia, por la que el Poder Ejecutivo puede “ordenar la salida de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público”.

Córdoba, como toda América, marchó solidaria. Se encendió de vergüenza cuando la silla eléctrica terminó con la vida de los mártires. En la vanguardia, los obreros. Panaderos, periodistas (encabezados por el genial Oliverio de Allende), gráficos, ferroviarios, fosforeras, lavanderas y planchadoras, llenaron las plazas, acompañados por los hombres que habían gestado la Reforma Universitaria y estudiantes; se sumaban vecinos del Abrojal, La Bomba, San Vicente, General Paz hasta los parroquianos habitúes de la Segunda y, paisanos bajados de las sierras, que llevaban en su lomo la memoria de otros entreveros, a los que se sumaba La Voz del Interior, en cuyas páginas escribieron los hombres más lúcidos del continente.

El proceso judicial estuvo plagado de groseras violaciones a la ley. Una colecta popular reunió 10 mil dólares, para financiar la defensa, que fueron escasos. Es que, no sólo se debía atender lo concerniente al juicio, sino proveer a la defensa de los miles de manifestantes que caían en las redadas policiales. El FBI, en tanto, no se quedaba quieto. Promovió la destrucción de las sedes del comité y, en ocasiones, robó las recaudaciones. Desde los púlpitos, los ministros de todos los cultos, deslizaban, que la dirección resistente destinaba los dineros de la colecta para financiar fiestas, usando para ello el testimonio de prostitutas de reconocida relación con las fuerzas policiales. El primer defensor fue seducido. Desertó. Vanzetti descubrió que no sólo los había traicionado no haciendo nada, sino, mucho peor: “Intentó convencer a los que me habían visto o se toparon conmigo en Plymounth a la hora del crimen (24 de diciembre) que su testimonio era de poca monta, mientras fingía dar gran importancia al testimonio de aquellos que me habían visto en Plymounth aquel día pero a altas horas de la noche, para sí disminuir el número de los que me habían visto a la hora precisa del crimen (…)aparte de no hacer nada por mi defensa, estaba haciendo todo lo posible por debilitarla, dando a (el fiscal) Katzmann la oportunidad de decir que cuando los testigos afirmaban haber visto a Vanzetti en Plymounth, éste había tenido tiempo suficiente de volver a Bridgewater. Pero por supuesto (…) fracasó en su propósito”.

Webster Thayer, el juez, dominado por un obsesivo odio al diferente, traspasó los límites del decoro. “Si no son culpables del asesinato, son culpables de socialismo”, afirmó. La historia es sabia. No guarda buena memoria de los verdugos. Al momento de la sentencia, Vanzetti les gritó: “El nombre de Sacco ha de vivir cuando el señor fiscal y sus huesos sean polvo dispersado por el tiempo. Cuando nuestro nombre y el suyo, vuestras leyes, vuestras instituciones y vuestro falso dios sean sólo un vago recuerdo de un tiempo maldito en que el hombre era lobo del hombre.”

Este artículo fue publicado en el diario Comercio y Justicia.

9/09/07


Recomendar esta nota





La adri

Brillante la nota, ligada a todos los tiempos, en que los hombres luchan por su libertad.El himno de Ennio Morricone cantado por Joan Baez "estos son Nicola y Bar..." suena hoy en mi corazón.



eduardo alberto planas

Excelente Nota.Escudero queria saber si das autorización para publicar este artículoen un Boletín que editamos en Córdoba, necesitaria tu email.




Completa este formulario para recomendar esta nota:

Tu email:

Tu nombre:

Email de tu amigo:


escribi tu nota