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La calle, escenario de protesta /

La calle, escenario de protesta

El ágora ya no existe. Tampoco ha surgido un espacio eficaz para trabajar en la búsqueda del tan preciado bien común, señala la periodista ciudadana y apunta que quienes no acuerdan con determinadas políticas toman la calle para alzar su voz. "Pero, la autolegitimación de las protestas callejeras por quienes de ellas participan tiene como contrapartida el malestar de todos aquellos que no se sienten representados en las causas que motivan las manifestaciones", afirma en esta nota la periodista ciudadana.

Paula Fraticelli.

La calle invadida por multitudes que se movilizan al ritmo de cánticos con banderas, folletos, redoblantes y bombas de estruendo es una imagen repetitiva en el centro de la ciudad de Córdoba.

Por estos días lo que llamó a la manifestación de repudio de las masas fue el desacuerdo con el proyecto de ley que determina el recorte de las jubilaciones provinciales que superan los 5 mil pesos.

Trabajadores y jubilados de la provincia se movilizaron convocando una multitudinaria cantidad de personas que, encolumnadas detrás de las banderas de los gremios a los que pertenecen, colapsaron las calles del microcentro.

Cierto es que la calle como espacio público es revalorizada como escenario de manifestación de reclamos. Las razones que motorizan la bronca de los ciudadanos son diversas; pero hay un elemento común en cada una de esas movilizaciones: la toma de la calle como forma de llamar la atención, como espacio que otorga visibilidad a los reclamos y como un acercamiento al logro del objetivo perseguido. Ese objetivo, en general, implica presionar en pos de agilizar decisiones políticas.

El bien común
En la antigua Grecia el ágora era un espacio esencial para la mantención del bien común. Allí se producía el encuentro entre la esfera pública y la privada y los miembros de la polis consensuaban las prácticas que los llevarían a alcanzar ese bien común.

El ágora ya no existe y tampoco ha surgido un espacio eficaz para trabajar en la búsqueda del tan preciado bien común. Lo que cada vez toma más fuerza es la convocatoria de los sectores disgustados, en desacuerdo con las políticas vigentes, en la calle para alzar su voz y manifestar el malestar que comparten unos con otros. Prevalece la defensa de los intereses sectoriales por sobre el bien de todos.

La autolegitimación de las protestas callejeras por quienes de ellas participan tiene como contrapartida el malestar de todos aquellos que no se sienten representados en las causas que motivan las manifestaciones. La invasión de ese espacio que pertenece a todos genera malhumor en quienes ven obstaculizada su vida diaria con los cortes de calles y rutas generados por los manifestantes. El malestar de quienes no forman parte de las protestas se incrementa aún más cuando éstas tienen como ingrediente la violencia.

La calle se ha constituido como un escenario político legitimado donde el ciudadano expresa sus disensos y también su apoyo a los gobernantes cuando se siente representado. Sin embargo, el valor que la calle ha ganado como escenario de acción directa de los ciudadanos no necesita de la violencia ni el vandalismo destructor de ese espacio que a todos nos pertenece.

Crisis de representación
La autoconvocatoria de los ciudadanos en las calles el 19 y 20 de diciembre de 2001, todos unidos por un deseo común que se plasmó en la frase: “¡Qué se vayan todos!”, puso en evidencia una crisis que latía desde tiempo atrás, la crisis de representatividad. En aquel momento hombres y mujeres estallaron y tomaron la calle cansados de no sentirse representados por quienes gobiernan.

Hoy, a siete años del Argentinazo, de manera reiterada la ciudadanía sale a la calle a manifestar sus reclamos, reclamos muy diversos que en síntesis demandan atención de quienes gobiernan gracias al voto de los argentinos. La gente reclama y la clase gobernante suele permanecer inmune a las protestas.

Es hora de que la cúpula política gobierne para todos y se abra al diálogo, eso permitirá fortalecer la democracia argentina. Las decisiones políticas abordadas sin diálogo y, en consecuencia, sin consenso debilitan la credibilidad en la clase gobernante y suman al desequilibrio de la tan clamada democracia argentina.

1/08/08


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juan c. olmos

La credibilidad en esta clase de "politicos" mediocres,miserables,perversos,mentirosos,canallas y salvajes no existe,a la democracia argentina la humillaron, estos basuras de MIERDA.



Argentino D. Veras

Pido disculpas por ésta comentario. Estoy harto. "El pueblo debe salir y decirles que se vayan todos", como refiere la nota. Pero son tan hipócritas los privilegiados asalariados y jubilados cordobeses, que miran para otro lado y son cómplices malditos de la crisis de los cordobeses. Son parte de la torta corrupta. Acabo de escuchar al petizo enano mental, hijo del delasotismo y del cavalismo, me refiero el ex-lord mayor (me cuesta decir su nombre), en un programa de la periodista Del Pra, que a la Municipalidad de Córdoba, la dejó en orden, sin déficit y sin aumentos salariales. Solamente designó en planta (lo único correcto que expresó, que no deben ser monotributistas y/o contratados, tipología que indigna al trabajador, por no ser nada) a 4 o 5 mil agentes, de los que se jubilaron. ¿Tenemos que creerle?, cuando la realidad es otra.



ROMAN

Estimo muy oportunas estas reflexiones para remarcar la necesidad de pensar en dos cosas sobre estas acciones de protestas en lugares públicos: a) plantear el problema de la representatividad de nuestros pueblos en estos tiempos y b) identificar el origen verdadero de estas manifestaciones en los centros urbanos. Es necesario recordar que hace ya muchos años las protestas se hacían en paz y proponían una solución. Esto se concretaba en la Legislatura, en la prensa y en algunos lugares cerrados. Se organizaban, en efecto, porque el pueblo cuando protestaba era la suma de la opinión pública, organizada. A medida de que las autoridades y responsables de los poderes del Estado se insensibilizaban, o se distraían o se encerraban en sus egoísmos (no otorgados por el voto, claro) y no escuchaban a la voz del pueblo, este comenzó a levantar su voz y a cambiar su modo de expresión, más firme y más evidente. Hasta que explotó el Cordobazo, y hubo otros levantamientos más, lo que marcó un antes y después. Este quebró la soberbia de una casta que pretendió crear nuevos “santones” en la Argentina e ignorar los derechos democráticos y de representación en todo el país. Desde allí hasta hace unos años las protestas comenzaron a ser dirigidas. Y el pueblo se empezó a cansar de unos y de otros. La manifestación del miércoles pasado fue organizada con el objeto de hacer arder Córdoba y mostrar mediáticamente (como es costumbre ya, lamentablemente) que los poderes públicos de Córdoba eran incapaces de mantener el orden, pese a que los reclamos y motivos son justificados. Otra vez, se rapiña el dinero del pueblo para tapar las barbaridades del Estado. Los reclamos populares fueron realmente menospreciados por aquellos legisladores que representan al poder de turno en lugar de representar a su pueblo que los mandó allí para legislar (hacer la ley para el bien común) y no para que ocupen un puesto. Esta historia se repite. Cuando se vió perdido, Nerón mandó a quemar Roma. Pero ese era un insano del todo.



PABLO POMBO

EL PUEBLO YA DIJO QUE SE VAYAN TODOS... Y LOS VOTO A TODOS PARA QUE SE QUEDEN... ESA NO ES LA FORMULA AMIGOS. A MOVER LA CROQUETA Y ENCONTRAR LA RECETA.



stefi (15 años) (cordoba

sii.. chicos!! aguante la democracia!! carajo... creo que la presidenta no tiene que dirigir a la represion.. como se vio ultimamente con los gremios estatales en Cordoba capital.. creo que tenemos que difundir e informar lo que es la democracia y como se debe utilizar... y los adolescentes somos el futuro y no tenemos que dejarnos basurear..



Ana Real

Si se tienen que ir todos hay que incluir a los gremialistas que estàn atornillados al sillòn, màs viejos y màs ladinos con un excelente pasar de sus vidas junto a sus familiares, amigos, novias, que cada vez que quieren juntar plata extra sitian la ciudad de Còrdoba y destruyen todo, como al pobre negro del puesto de choripanes de la Plaza San Martìn al que le destruyeron su destartalado Jeep Gladiator el dìa que quemaron las palmeras de la Plaza San Martìn. El pobre tipo fue perjudicado en su herramiento de trabajo para ganarse el mendrugo diario, mientras los sindicalistas pasean por las sierras en sus lujosos vehìculos cero kilòmetro los domingos, y despuès el lunes se la dan de combativos. Del gobierno ni hablar. La ciudadanìa cordobesa ya estamos hartos de malandras y mafiosos.




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