
Ernesto G. Abril.
Analizando la misión de la Universidad, no podemos menos que sentirnos orgullosos de que nuestra institución se haya propuesto semejantes objetivos.
Por definición, la Universidad es institución rectora de los valores sustanciales de la sociedad y el pueblo a que pertenece. Halaga ser parte de un cuerpo que tiene la magnífica responsabilidad de reconocer, enriquecer, promover e impulsar aquello que finalmente conforma la base de la humanidad.
Interesante es advertir que lo que la Universidad tiene por misión se identifica claramente con la promoción de la cultura.
La primera frase con la que uno se encuentra está referida a valores, esto es, a los logros de la humanidad, a lo que vale. Muy significativo es distinguir que se orienta específicamente hacia lo genuino y legítimo de cada pueblo, que apunta directamente a su identidad.
Tres valores resaltan de entre lo que siempre la humanidad se ha afanado en perseguir en búsqueda de su epifanía como tal: la verdad, la justicia y la solidaridad. Cuanto más, tales propósitos deben ser los de la Universidad. Lo que la verdad y la justicia no pueden comprender, por lo estricto de la letra, lo alcanza la solidaridad, valor sin el cual pierden su razón de ser los dos primeros.
En rigor, si bien la solidaridad constituye el valor sustancial, porque es el que soporta el sentido de todos (el hombre es un ser social), se completa en aquellos y busca y encuentra en ellos el motor digno según el cual se puede hablar verdaderamente de construir, de progreso.
Considerando al progreso como ligado a lo positivo, al bien y a los valores, han surgido las líneas directrices según las cuales se ha encomendado la Universidad para orientar sus acciones.
Trabajar por la educación plena de la persona humana, la formación profesional y técnica, la promoción de la investigación científica, el elevado y libre desarrollo de la cultura, la efectiva integración del hombre en su comunidad, la difusión del saber superior en la población, promover la actuación de la universidad en el seno del pueblo y proyectar la atención permanente sobre la vida nacional, no es tarea fácil.
Siendo honestos, tal vez nos cueste hoy reconocer algunas de estas pautas como parte de nuestro trabajo diario en la Universidad.
Siempre atendiendo a lo particular del área del conocimiento en la que nos encontremos, puede identificarse que hay aspectos de estos propósitos que son más atendidos que otros, que algunos están definitivamente relegados y que otros, por decirlo de algún modo, están ausentes.
Quizá nuestra historia reciente haya generado un pensamiento y conductas dirigidas a restringir algunas libertades. Esto puede deberse a que no se hubo tenido la capacidad o la posibilidad de cultivarlas adecuadamente y en su momento. Se teme a aquello que no se es capaz de dominar o de al menos controlar.
¿Puede afirmarse que se llegó en ocasiones a la conclusión de hecho de que hay algunas libertades que hay que eliminarlas como tales?
Cuando se habla explícita y específicamente de que la Universidad debe proyectar la atención permanente sobre la vida nacional, cabe preguntarse si algunos no comenzamos a sentirnos molestos y a pensar que se está ingresando en una zona prohibida desde la cual se da oportunidad a determinadas ideologías y se intente subvertir el orden público.
¿Se sabe si es o no exagerado decir que en nuestra mismísima institución este pensamiento subsiste y que en algunos rincones y balcones goza de salud envidiable? En el lugar donde se privilegia el pensamiento y la discusión de las ideas esto no debiera siquiera sospecharse.
También nos preguntamos si sería incorrecto decir que se privilegia el objetivo de formar profesional y técnicamente al alumno y que se soslaya o directamente se eluden la educación plena de la persona humana y la elevación y el libre desarrollo de la cultura.
A la luz del decir de pensadores que han hecho llegar su voz de alarma, la progresiva profesionalización del ámbito de la enseñanza ha eclipsado los fines originales de nuestras universidades asfixiando no sólo el genuino anhelo de una formación integral y humanista sino apuntando nada menos que al pensamiento único.
Aquello de que un buen profesional debe ante todo ser una persona y que esa persona no sólo se acuna en el hogar sino que se confirma, fundamenta y se robustece en la Universidad ¿será una utopía?
Frente a las metas básicas insoslayables que conforman la misión de la Universidad, se torna obvia la necesidad de revisar seriamente todo para detectar y neutralizar los factores estructurales que la condicionan a ser un elemento más dentro del esquema productivista.
Orientada hoy casi exclusivamente a una capacitación que tiene por finalidad dar a luz profesionales, no existe posibilidad alguna de introducir facetas humanísticas ni de generar espacios que favorezcan la discusión de las ideas y la generación del pensamiento libre, libre inclusive de ideologías.
La pregunta que podríamos formularnos estaría dirigida en primera instancia a los universitarios y es si vamos a continuar sosteniendo esta situación.
En realidad, empero, es toda la sociedad la que debiera expresarse claramente acerca de si reconoce como válidos los postulados de base de la Universidad y sobre lo que pretende y espera de ella.
Si la respuesta a obtener no ha de impactar drásticamente en la situación actual, más vale que algunos de nosotros vayamos pensando qué vamos a hacer de nuestra vocación.
Sin embargo, tal vez pueda confiarse en que la respuesta sea coherente con los anhelos fundacionales. En tal caso, sinceras felicitaciones, y no queda otra cosa por hacer sino iniciar el largo pero interesante camino de la recuperación de la institución, buscando los cambios sustanciales que se intenta aquí evidenciar como inobjetablemente imprescindibles.
Para nosotros, los docentes, la reflexión es obligada, urgente y esperanzada. La coyuntura histórica que nos toca hoy vivir puede ser el punto de partida para un replanteo sincero y a la vez serio, ordenado, democrático y hasta las últimas consecuencias. Pero siempre en el marco efervescente pero mesurado de una democracia iluminada.
Lo interesante de esta labor de recuperación y rescate de nuestra Casa es que ya estarían transitándose caminos propios de lo que es una universidad. No es ni más ni menos que estar cumpliendo con el deber que se nos ha confiado pero, y a la vez, estaríamos haciendo historia.
Si bien hemos de reconocer que se está lejos de una madurez social e institucional que permita tan solo reconocer esta necesidad para recién entonces analizar cómo someterla a discusión y luego estudiar sí cómo implementarla, no está mal estar esperanzados en que esto es posible.
Y si no lo hacemos nosotros, es de esperar que quienes nos sigan tengan la valentía y la entrega de la que nosotros no hayamos sido capaces. En lo personal, me avergonzaría haber sido protagonista de un testimonio tan pobre y copartícipe de un legado tan pesado.
Es indudable que en todo cambio, y más en los de tipo drástico como los que se requieren aquí, subyace un temor, pero no es otro que aquel que tiene el pensador a encontrarse con desafíos que sospecha no poder asumir con idoneidad.
No obstante, el conocimiento, cuando es afrontado con honestidad y en libertad, bien entendida ésta, nos lleva frecuentemente a fronteras solitarias e inexploradas. Llegar a tales aparentes eriales con temor no es de cobardes, es de pioneros. La buena fe es quien ilumina los caminos durante semejante búsqueda. Cualquier logro en este frente, así sea sólo resistir sería tal vez algo parecido a lo que algunos llamamos felicidad.
La apertura mental de hoy se advierte como gravemente sesgada al comprobarse que las libertades consideradas hoy como tales no son sino infantiles asomos a la provocación, a la irreverencia y a la trasgresión, pero distan de una aproximación no osada sino valiente y bienintencionada al deber propio de estado del universitario de hoy.
Cuesta pensar en una nueva reforma. Pero le cuesta más, a quien se cree aún honestamente en la verdad, asumir posibilidades de perfeccionar la verdad que transita. No obstante, las razones de este revisionismo serio que aquí se intenta insinuar son tan leales al espíritu de nuestra Universidad como que le es intrínseco a su mismísima naturaleza.
Tal vez sea ya tiempo de no temer a los cambios.
¿Será tiempo también de pensar en que cambios semejantes bien pueden darse desde estas latitudes?
El mundo desarrollado, presa de la velocidad ciega que lo sostiene, tal vez nos esté dando a los insuficientemente desarrollados de esta parte del globo la oportunidad de pensar con una mente y un corazón no tan esclavos de lo inmediato y de los afanes propios de la época.
Tal vez podamos hacernos de la valentía necesaria para reconocernos no tan pertenecientes aún a esta pseudo-cultura plusmoderna, que no es más que un cúmulo de nuevas costumbres, básicamente hedonistas, enraizadas en un consumismo irracional, estúpido e inmoral que nos tiene entretenidos hasta la distracción.
Quizá estemos a tiempo de darnos cuenta de que semejante monstruo nos es aún ajeno, aunque más no sea por distinguirlo tan insaciable que abarca gustos e ideas, llegando a ingerirlas para reducirlas y excretarlas para promover su descarte.
Nada menos que a las ideas, a la fuente y resultado del pensamiento vivo que es nuestra esperanza. Sí, tal vez nosotros, los de esta parte del mundo, estemos a tiempo de ser quienes paremos el tren por no haber éste aún alcanzado aquí tanta velocidad.
Quizá la lucidez asalte de una buena vez nuestras mentes para ampliar nuestros corazones con sana coherencia y con las ilusiones de siempre y respetar y hacer respetar los designios de quienes generaron el ideario de nuestra Universidad.
Imagen: timeout.com
22/12/07
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