Un vecino de Alta Córdoba nos escribe para denunciar la sensación de impotencia e irritabilidad que le genera el hecho de vivir en una sociedad sitiada por las alarmas contra la inseguridad. Despotrica contra sus fabricantes y contra un vecino que lo tiene a maltraer con el sistema de alarma que implementó para su casa.
Francisco Casas.
Decidí comunicarme con ustedes para hacer una denuncia: estoy harto de vivir alarmado.
No me entiendan mal; no me estoy refiriendo a esa sensación de intranquilidad que deviene de pensar a cada rato que algo malo puede sucederme. Sé que hay gente que vive alarmada por esto, por una situación de temor e inseguridad, a veces comprensible, otras veces no tanto.
Lo de vivir alarmado tiene que ver con vivir rodeado de alarmas. Alarmas para autos, alarmas para viviendas, alarmas para comercios, alarma para motos, alarmas para el monedero de la dama y para el bolsillo del caballero; en fin, alarmas para todos los gustos y de todos los sonidos.
Más graves, más agudos, más guturales... un espanto de variedad rítmicas que te ponen los pelos de punta mientras te encontrás disfruntando por ejemplo de tu momento de ocio un sábado por la tarde mirando televisión o descansando de la semana con una siesta.
De repente, hay una sirena que explota y recorta como el filo de un cuchillo la tarde. Es un auto estacionado debajo de tu ventana que da a la calle, que empieza a quejarse como si lo estuvieran matando. Lo peor de todo es que no es un sonido uniforme sino que es tipo electrocardiograma, sube y baja. Con decir que hasta te ilusionás cuando el sonido empieza a decaer como si se despidiera.
Pero, es un amague nomás, porque recomienza con más ímpetu.
Te taladra la cabeza, realmente. Por más que cierres las ventanas por dentro y aumentes el volumen del televisor, es insoportable.
Otras veces me ha pasado que convergieron tres alarmas al mismo tiempo: la de un auto, la de la panadería de la esquina de casa y la de la casa del vecino de enfrente, que se había ido un fin de semana a las sierras, dejando activado todo. Esta alarma estuvo sonando por 48 horas.
Yo vivo en Alta Córdoba, en una zona de comercios, y a veces cuando me sucede esto, me traslado hasta la casa de mi madre, a barrio General Paz. Pero en estas cuestiones no hay escapatoria.
Yo me pregunto, ¿cómo es posible que los fabricantes hagan productos tan sensibles que, al mínimo roce o soplido del viento, reaccionen de la forma que lo hacen?
Creo que eso habla a las claras de la calidad de estos productos. Pero también habla de la sociedad que hemos sabido construir entre todos. Una ciudad situada de sirenas, rejas, perros asesinos, que ¿te custodian? ¿Y a qué precio? ¿Podemos hablar de salud mental en estas condiciones?
Al menos si la alarma fuera comunitaria como sucede en otros barrios, mi hartazgo podría compartirlo con otros y darle una solución. Pero mi caso, como el de muchos que seguramente se sentirán identificados con estas líneas, quedan en privado. En puteadas al aire, contra nadie y entre cuatro paredes. Sobre todos los que pacientemente como yo necesitan tranquilidad en su casa para trabajar.
Sepan comprender mi furia, señores de Sosperiodista. Es que anoche me sobresaltó la alarma de mi vecino, que comenzó a sonar y aún no se ha detenido. Oscar, un amigo del barrio, me dijo que se fue a Ascochinga y que vuelve hoy por la noche. Ambos nos acordamos de su santa madre.
Hace una hora y cuarenta minutos que está sonando una alarma en la puerta de mi casa (son las 05:40, je). Llamé a la policía. El auto no tiene orden de captura, no pueden hacer nada.
Pues bien, el pobre dueño no va a poder llevarse el auto mañana cuando venga. Tres bananitas y una bolsa de polietileno, debidamente ocultas, obstruyen completamente el caño de escape de su vehículo.
No sé si será una solución, pero...
Saludos.
En La Décima de febrero, la zona sur después de la tormenta del 30 de enero. La emergencia expuso las deficiencias estructurales,la responsabilidad y la desidia estatal y la consecuencia del desarrollo inmobiliario descontrolado. Además: Mujeres hartas de la violencia: en sólo tres meses, huno 500 exclusiones de hogar. Y Más. Ingrese y baje La Décima en PDF.