
Hernán Vaca Narvaja.
Entre las causas más resonantes que se tramitan en su juzgado están el polémico desalojo del hotel Opera (luego de cuatro años de infructuosos pedidos, sus propietarios soportan hoy una dudosa convocatoria de acreedores en Buenos Aires solicitada por la concesionaria fantasma de Carlos Marrero) y la sucesión de Nora Dalmasso. Pero hay otras que no han tomado estado público y que sin embargo marcan una conducta cuanto menos parcial y presuntamente abusiva del juez que, sugestivamente, suele favorecer en sus fallos a un puñado de poderosos estudios jurídicos de la ciudad. “Peralta es rápido”, dicen los abogados que lo eligen para litigar, convencidos de que sus sentencias se ajustarán a derecho... de sus clientes.
La historia de la familia Daita es un escabroso reflejo de lo que ocurre cuando la Justicia es lenta e imparcial: montañas de expedientes acumulados, innumerables incidentes procesales, fallos extemporáneos, apelaciones, denuncias cruzadas, un interminable desfile de abogados... y ninguna solución.
Ana María Daita lleva casi siete años litigando en Tribunales para determinar si su madre estaba o no en condiciones de administrar un campo familiar en la localidad de Chaján. Pero su madre murió, el campo está muy desmejorado y la declaratoria de herederos no avanza porque el curador provisorio de su madre, el abogado Hugo Remondino, no habría presentado en tiempo y forma la rendición de cuentas que exige la ley (un detalle de ingresos y egresos con sus respectivos comprobantes de gastos).
Revisando los expedientes (¡diez cuerpos para resolver una declaración de inhabilitación!), queda en evidencia que el juez Peralta habría favorecido en todo momento a una de las partes. Así lo entendió el entonces fiscal José Luis Cerioni, que debió intervenir en la causa a pedido de Ana María en el año 2003: “...resulta evidente el error esencial en que incurre el juez José Antonio Peralta al omitir valorar pruebas producidas por la actora -hoy denunciante- esenciales y decisivas, que hubiesen modificado el resultado de la resolución dictada...”. La resolución dictada, como todas en el largo proceso judicial, fue contraria a los intereses de Ana Maria.
En su actuación como árbitro judicial del conflicto entre los hermanos Daita, Peralta omitió pruebas aportadas por Ana María e incluso se contradijo a sí mismo en una cuestión central: la figura jurídica en la que estaba inscripto el campo en litigio. En un expediente (Daita, Juan Carlos c/ Daita Ana Maria consignación) sostuvo que era un condominio; en otro juicio (Ana María Daita rendición de cuentas) sostuvo que no era un condominio y por lo tanto debía administrarlo Guillermina Fiochi de Daita, la madre de los hermano Daita. Cabe destacar que el campo está inscripto en el Registro de la Propiedad de la Provincia desde 1967.
Peralta también omitió considerar la prueba que indicaba que una de las tres firmas del contrato de alquiler del campo (la de Ana María) era falsa: ella acreditó que estaba en Paraguay en el momento en que su madre y su hermano firmaron el contrato de renovación del alquiler del campo. Habría sido tan abusiva la intervención del magistrado en el conflicto entre los hermanos Daita que incluso le impidió a Ana María ver a su madre antes de que ésta muriera, enferma con mal de Alzheimer y en una situación de virtual abandono, el 5 de diciembre de 2005.
La historia
La increíble historia del litigio judicial de la familia Daita se remonta a 1963, cuando murió Orlando Vicente Daita, el jefe de familia, y se inició la declaratoria de herederos. Su esposa, Guillermina Fiochi de Daita, contaba con una instrucción muy básica y de hecho, cuando cumplió su mayoría de edad, fue Ana María quien se hizo cargo de la administración del campo en Chaján. Así fue hasta que en los años noventa, por motivos profesionales y familiares, Ana María se radicó en Paraguay, donde su madre la visitaba esporádicamente, y su hermano Juan Carlos se hizo cargo de la administración de los bienes de la familia. No era una tarea compleja: el campo estaba alquilado y su madre cobraba una jubilación.
En enero del año 2000, Ana María regresó a Río Cuarto para acondicionar la vivienda familiar de la calle Dinkeldein y allí constató, por dichos de los vecinos, que su madre estaba atravesando por una situación económica difícil. Un problema de salud llevó a Ana María a recurrir al dinero que su hermano debía depositarle en el Banco de Boston por el contrato de alquiler del campo familiar de Chaján. Pero para su sorpresa, le informaron que la cuenta nunca había sido abierta.
En medio de una enconada disputa familiar, Ana María se opuso a la renovación del contrato de alquiler del campo familiar. El boom de la soja había revalorizado las tierras y ella tenía mejores oferentes para explotarlas. El contrato de alquiler se renovó en su ausencia. Cuando ella pidió el nuevo convenio, constató sorprendida que junto a las firmas de su madre y su hermano, también figuraba la suya, que había sido falsificada. Ante su negativa a aceptar los hechos consumados, su hermano inició un juicio de consignación ante el juez Peralta, que dictaminó que le depositaran a Ana María su parte del alquiler en Tribunales.
En diciembre, Ana María inició un juicio de inhabilitación para que su madre no siguiera administrando (al menos formalmente) el campo. No estaba en condiciones de resolver por sí misma: se perdía, divagaba, no era plenamente consciente de sus actos. El mal de Alzheimer avanzaba rápidamente deteriorando su salud.
En el juicio de inhabilitación iniciado por Ana María fueron designados curadores provisorios de bienes los abogados Dionisio Cendoya y Hugo Remondino. Al constatar supuestas irregularidades en la administración de los bienes de su madre, Ana María pidió una rendición de cuentas en Tribunales. El juez Peralta no sólo no le hizo lugar, sino que además le pidió que se abstuviera de “presentar notas” en su juzgado.
La disputa familiar por el campo pronto se convirtió en una batalla jurídica por la “posesión” de la infortunada Guillermina, víctima de un atroz tironeo familiar.
En noviembre de 2002, el Ministerio Pupilar determinó que Guillermina era insana y sugirió otorgar la curatela definitiva a su hija Ana María, por ser la mayor. El juez Peralta debía resolver la situación en quince días, pero demoró casi un año: recién en septiembre de 2003 designó curador provisorio de bienes a Remondino.
El médico judicial Gustavo Sanlungo determinó que existía un cincuenta por ciento de posibilidades de que Guillermina padeciera mal del Alzheimer. Tiempo después, una junta médica dictaminó que Guillermina padecía efectivamente mal de Alzheimer de tercer grado. Pero el juez Peralta nunca designó curador definitivo.
En los primeros días del año 2004, Ana María le pidió nuevamente al juez que permitiera que su madre viviera con ella. Peralta abrió un nuevo incidente en la causa. En diciembre, Ana María logró la autorización para que su madre -acompañada de la persona que la cuidaba- pasara Navidad con ella y en febrero de 2005, logró que el juez autorizara tres visitas por semana. Pero tras la primera visita, Ana María no logró llevarla otra vez a su casa. Y denunció que su madre estaba viviendo en una casa alquilada por su hermano Juan Carlos y no por el curador Remondino. Además, acusó a Remondino de haber utilizado casi siete mil pesos de su madre para comprarle muebles, que nunca aparecieron.
En esos días y para forzar una decisión judicial que blanqueara el impedimento que Ana María tenía para ver a su madre, Juan Carlos Datia presentó un certificado médico increíble, en el que el doctor Hugo D´Aloisio determinaba que Guillermina estaba “descompensada en su aspecto emocional con crisis de angustia y excitación psicomotriz en directa relación con la visita efectuada a su hija Ana María, por lo que se aconseja se suspendan esos contactos”. Era, sin duda, un diagnóstico hecho a medida.
Ana María denunció la situación en la Policía y consultó a la psiquiatra Gloria Jure, quien fue lapidaria con D´Aloisio: “no se puede ni se debe, en base a conjeturas y suposiciones, hacer un diagnóstico causal e indicar conductas a seguir”, sentenció. Y agregó que en los casos de pacientes con mal de Alzheimer “es indiscutible que la contención afectiva y el cuidado de familiares directos nunca son reemplazados ni por el más especializado de los asistentes” y por tanto “la situación óptima es la combinación de ambos, es decir la asistencia técnica especializada en el seno de la convivencia familiar”.
Ana María hizo una presentación ante el Ministerio de Justicia de la Provincia solicitando, desesperada, que la dejaran ver a su madre. Pero tampoco allí encontró eco. Insistió ante el juez Peralta, que no hizo lugar a su pedido. Al poco tiempo Ana María se enteró que su madre se había quebrado la cadera. Tampoco pudo verla.
Guillermina Fiochi de Daita murió el 5 de diciembe de 2005. Al otro día se realizó el sepelio, que culminó al mediodía. Media hora más tarde, Juan Carlos Daita y Hugo Remondino se presentaron en Tribunales para iniciar la declaratoria de herederos. Ana María se opuso: exige que primero Remondino rinda cuentas de cómo utilizó cada peso de su madre. La rendición la debería exigir el juez Peralta.
En las increíbles derivaciones de la disputa por la posesión de un campo y la inhabilitación de una mujer con mal de Alzheimer intervinieron, además de Peralta, los fiscales José Luis Cerioni, Rubén Moine y Javier Di Santo. Ninguno encontró nada irregular en las denuncias realizadas por Ana María Daita y todos enviaron las causas a archivo, pese a que el propio Cerioni reconoció errores procesales graves en la actuación del juez Peralta que, según sus propias palabras, hubieran alterado el contenido de la sentencia. En el largo proceso judicial intervinieron además los abogados Hugo Remondino (curador provisorio), Jorge Paso, José Luis Frutero, Eduardo Berthe y Marcos Collino, entre otros, quienes obviamente presentaron sendos pedidos de regulación de honorarios por su tarea profesional.
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Recomendar esta notaEstimado Hernàn: Despues de muchos años, por fin veo y leo en Rìo Cuarto notas periodìsticas que ayudan a que muchos se les caiga la "careta". No voy a opinar sobre esta nota. Si, felicitarte. Atte. Pedro Asurmendi
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